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jueves, 14 de octubre de 2010

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - LIBRO 2 - PARTE 6


6 - DESPUÉS DE QUINCE DÍAS
Durante un tiempo me quedé parado sobre la pila de escombros sin pensar en el peligro.
Dentro de la cueva de la que acababa de salir sólo había pensado en nuestra seguridad
inmediata. No me hice cargo de lo que sucedía en el mundo, no imaginé el sorprendente
espectáculo que me esperaba a la salida. Había esperado ver a Sheen en ruinas... y ahora
tenía ante mí el paisaje fantástico de otro planeta.
En ese momento experimenté una emoción que está más allá del alcance de los hombres,
pero que las pobres bestias a las que dominamos conocen muy bien. Me sentí como podría
sentirse el conejo al volver a su cueva y verse de pronto ante una docena de peones que
cavan allí los cimientos para una casa. Tuve el primer atisbo de algo que poco después se
tornó bien claro a mi mente, que me oprimió durante muchos días: me sentí destronado,
comprendí que no era ya uno de los amos, sino un animal más entre los animales sojuzgados
por los marcianos. Nosotros tendríamos que hacer lo mismo que aquéllos: vivir en constante
peligro, vigilar, correr y ocultarnos; el imperio del hombre acababa de fenecer.
Pero esta idea extraña se borró de mi mente tan pronto se hubo presentado y no pensé ya
en otra cosa que no fuera satisfacer mi hambre de tantos días. A cierta distancia, al otro lado
de una pared cubierta de rojo, vi un trozo de terreno al descubierto. Esto me dio una idea y
avancé por entre la hierba roja, que en partes me llegaba hasta el cuello. La densidad de las
extrañas plantas me brindaba un escondite seguro. La pared tenía un metro ochenta de alto,
y cuando la intenté trepar descubrí que mis fuerzas no me lo permitían. Por eso avancé un
trecho por su lado, llegué a una esquina y vi allí un montón de escombros, que me permitió
subir a ella y bajar a la huerta del otro lado. Allí encontré algunas cebollas, un par de bulbos
de gladiolos y una cantidad de zanahorias no del todo maduras. Me apoderé de todo ello y,
salvando de nuevo la pared en ruinas, seguí camino por entre los árboles escarlatas en
dirección a Kew. Aquello era como marchar por una avenida flanqueada por gigantescas
gotas de sangre.
Mi idea principal era obtener más alimentos y alejarme de los alrededores del pozo todo lo
que me permitieran mis piernas.
A cierta distancia, en un lugar cubierto de hierba, había un grupo de hongos, que devoré, y
después llegué a un lago de poca profundidad sobre lo que antes fuera un campo sembrado.
Estos escasos alimentos sólo sirvieron para avivar mi hambre. Al principio me sorprendió ver
allí agua a esa altura del año, pero después descubrí que esto se debía a la exuberancia
tropical de la hierba roja. Al encontrar agua, esta extraordinaria vegetación se tornaba
gigantesca y adquiría una fecundidad notable. Sus semillas llegaron hasta el Wey y el
Támesis, y la titánica planta, que crecía con tanta rapidez, ahogó de inmediato a ambos ríos.
En Putney, como lo comprobé después, el puente estaba cubierto por completo por esa
hierba, y también en Richmond se vertían las aguas del Támesis en un amplio lago, que
cubría las campiñas de Hampton y Twickenham. Al extenderse las aguas, la hierba las
seguía, hasta que las villas en ruinas del valle del Támesis estuvieron por un tiempo perdidas
en medio de un pantano rojo —cuyas márgenes exploré—, y gran parte de la desolación
causada por los marcianos quedó así oculta.
Al fin, sucumbió la hierba roja con tanta rapidez como se extendió. Fue presa de una
enfermedad debida a la acción de ciertas bacterias. Ahora bien, por obra de la selección
natural, todas las plantas terrestres han adquirido una resistencia especial contra las
enfermedades de ese tipo; jamás mueren sin defenderse. Pero la hierba roja se pudrió como
algo ya muerto. Perdió el color y fue encogiéndose y tornándose quebradiza. Se rompía al
tocarla, y las aguas, que estimularon su crecimiento, se llevaron sus últimos vestigios hacia el
mar...
Naturalmente, lo primero que hice al llegar al agua fue satisfacer mi sed. Bebí mucho, y
movido por un impulso, me llevé a la boca un puñado de la hierba; pero era muy acuosa y de
un desagradable sabor metálico.
Descubrí que el lago tenía poca profundidad y que me era posible caminar por allí, aunque
la hierba roja dificultaba bastante el paso; pero como el pantano se tornaba más profundo a
medida que me acercaba al río, me volví hacia Mortlake.
Logré seguir el camino fijándome en las ruinas de las villas y en las cercas y columnas de
alumbrado, consiguiendo salir, al fin, de ese lugar, subir por una cuesta que iba hacia
Rochampton e ir a parar al campo comunal de Putney.
Allí cambiaba la escena. Lo extraño y poco familiar convertíase en la ruina de lo conocido.
En algunos lugares parecía haber pasado un ciclón, y al avanzar un centenar de metros
encontré espacios en perfectas condiciones; casas con sus persianas y puertas cerradas,
como si sus dueños se hubieran ido por un día o estuvieran durmiendo en el interior. La
hierba roja era menos abundante; los árboles del camino estaban libres de la enredadera
marciana. Busqué alimentos entre los árboles, pero no hallé nada. Entré en un par de casas
silenciosas, sólo para descubrir que ya habían estado antes otros saqueadores.
Como estaba demasiado, agotado para continuar andando descansé el resto del día entre
los setos.
Durante todo este tiempo no vi seres humanos ni descubrí rastros de los marcianos.
Encontré un par de perros hambrientos, pero los dos se alejaron apresuradamente cuando
intenté atraerlos. Cerca de Rochampton había visto dos esqueletos humanos, y en el
bosquecillo junto al que me hallaba descubrí los huesos aplastados de varios gatos y
conejos, como así también el de una oveja. Aunque quise roer estos huesos, no pude saciar
mi hambre.
Después de la caída del sol seguí andando por el camino en dirección a Putney, donde
creo que por alguna razón usaron los marcianos su rayo calórico. En un jardín del otro lado
de la población obtuve una cantidad de patatas apenas maduras, que engullí con gran gusto.
Desde esa huerta se podía ver Putney y el río. Reinaba allí la desolación: árboles
ennegrecidos, ruinas abandonadas, y al pie de la colina veíase el río teñido de rojo. Y, sobre
todo, se cernía el silencio como un pesado manto. Al pensar en la rapidez con que se había
operado un cambio tan aterrador, me sentí lleno de desesperación.
Por un tiempo creí que la humanidad había dejado de existir y que era yo el único hombre
que quedaba con vida. Cerca de la cima de Putney Hill encontré otro esqueleto humano, con
los brazos arrancados. Al seguir avanzando me convencí cada vez más de que ya se había
cumplido la exterminación de la raza humana. Pensé que los marcianos habrían seguido su
marcha para ir a otra parte en busca de alimento. Tal vez en ese momento estaban
destruyendo París o Berlín o quizá se habían ido hacia el norte...

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - LIBRO 2 - PARTE 7


7 - EL HOMBRE DE PUTNEY HILL
Aquella noche la pasé en la hostería que se halla en lo alto de Putney Hill y por primera
vez desde mi huida a Leatherhead dormí en una cama. No relataré el trabajo inútil que me
costó forzar la entrada en la hostería—después descubrí que la puerta principal estaba sin
llave— ni cómo registré todas las habitaciones en busca de alimento hasta que, ya a punto de
renunciar, encontré, al fin, un pan roído por las ratas y dos latas de ananás en conserva. La
casa ya había sido saqueada. Después descubrí en el bar algunos bizcochos y sandwiches,
que habían pasado por alto los que estuvieron allí antes que yo. Los sandwiches no pude
comerlos, pero los bizcochos estaban buenos e hice una abundante provisión de ellos.
No encendí lámparas por temor de que algún marciano se aproximara a aquella parte de
Londres durante la noche. Antes de acostarme sufrí un intervalo de inquietud y anduve de
ventana en ventana espiando hacia el exterior por si veía a los monstruos. Dormí poco.
Mientras me hallaba en la cama pude pensar como no lo hiciera desde mi última riña con el
cura. Desde entonces hasta ese momento mi condición mental había sido una rápida
sucesión de vagos estados emocionales o una especie de estúpida negación de la
inteligencia. Pero aquella noche, fortificado ya por los alimentos ingeridos, pude reflexionar
con claridad.
Tres detalles se esforzaban por lograr el predominio absoluto en mi cerebro: la muerte del
cura, el paradero de los marcianos y el posible destino corrido por mi esposa. Lo primero no
me causaba horror ni remordimiento; lo consideraba simplemente como algo terminado y
como un recuerdo desagradable, pero nada más. Me veía entonces como me veo ahora,
llevado paso a paso hacia aquel acto de violencia, víctima de una sucesión de accidentes que
me condujo a la tragedia final. No sentía remordimientos; sin embargo, me molestaba el
recuerdo. En el silencio de la noche, presa de esa sensación de la proximidad de Dios que
solemos experimentar mientras reinan el silencio y la oscuridad, me formé el único juicio por
aquel momento de ira y temor.
Revisé mentalmente cada aspecto de nuestras relaciones desde el momento en que le
hallé junto a mí, sin prestar atención a mi sed y señalando hacia el humo las llamas que se
alzaban de las ruinas de Weybridge. En ningún momento nos comprendimos. De haber
previsto lo que iba a ocurrir le hubiera dejado en Halliford. Mas no preví nada, y el crimen es
prever y obrar. Dejo constancia de esto tal como fue. No hubo testigos: bien podría haber
ocultado estas cosas. Pero lo incluyo en mi relato, como he incluido todo, y que el lector se
forme el juicio que le dicte su criterio.
Y cuando hube dejado de lado el recuerdo de su cuerpo inerte hice frente al problema de
los marcianos y al posible destino de mi esposa. Con respecto a lo primero no tenía informe
alguno; podía imaginar mil cosas, lo mismo que con lo segundo. Y de pronto, la noche me
pareció terrible. Me senté en el lecho, con la vista clavada en la oscuridad. Pedí al cielo que el
rayo calórico la hubiera matado súbitamente y sin causarle sufrimientos. Desde la noche de
mi regreso de Leatherhead no había orado. Había murmurado plegarias falsas, había orado
como los paganos profieren encantamientos en casos de apuro; pero ahora oré en realidad,
con cordura y fe, cara a cara con las tinieblas de Dios. ¡Extraña noche! Y más extraña aún en
esto: tan pronto como llegó el alba, yo, que había hablado con Dios, salí de la casa
furtivamente, como la rata abandona su cueva. Era entonces un animal inferior, tan
perseguido como el roedor al que he mencionado. Es seguro que si esta guerra no nos
enseñó otra cosa, nos hizo, por lo menos, ser comprensivos con las bestias a las que
dominamos.
Era un día magnífico y el cielo se teñía de rosa en el oriente. En el camino que se extiende
desde Putney Hill hasta Wimbledon había una serie de dolorosos vestigios del aterrorizado
torrente, que debe haber llegado a Londres el domingo por la noche, después que se
iniciaron las hostilidades.
Vi un carro de dos ruedas con una inscripción que decía: Thomas Lobb, verdulero, New
Malden. Tenía una rueda destrozada y junto al mismo había un sombrero de paja incrustado
en el barro ahora seco. En la parte superior de West Hill descubrí muchos vidrios manchados
de sangre cerca de un abrevadero derribado.
Mis movimientos eran lánguidos, mis planes muy vagos. Tenía la idea de ir hasta
Leatherhead, aunque no ignoraba que eran muy escasas las posibilidades de que hallara allí
a mi esposa. A menos que la muerte les hubiera sorprendido súbitamente, era lógico suponer
que mis primos habían huido; pero me pareció que podría enterarme allí de la dirección en
que habían marchado los habitantes de Surrey. Deseaba encontrar a mi esposa, pero no
sabía cómo hacerlo. En esos momentos caí en la cuenta de mi terrible soledad.
Desde la esquina avancé por entre los setos y árboles hacia los límites del amplio campo
comunal de Wimbledon.
Aquella extensión oscura estaba salpicada en parte por flores de retama y argomas
amarillas; no vi la hierba roja, y cuando andaba de un lado a otro, sin decidirme a salir a
campo abierto, se levantó el sol, inundándolo todo con su luz y vitalidad.
Descubrí entonces un grupo de ranas muy ocupadas en alimentarse en un charquito entre
los árboles. Me detuve para mirarlas y ellas me dieron una lección en su firme voluntad de
continuar viviendo.
Poco después me volví con la extraña impresión de que alguien me observaba y descubrí
algo acurrucado entre un matorral cercano. Me quedé mirándolo. Después di un paso en esa
dirección y del matorral se levantó un hombre armado con un machete. Me acerqué con
lentitud mientras él me observaba en silencio y sin moverse.
Al avanzar me di cuenta de que vestía ropas tan sucias como las mías. En verdad, daba la
impresión de haberse arrastrado por las zanjas del camino. Sus negros cabellos le caían
sobre los ojos y sus facciones mostrábanse oscuras, sucias y enflaquecidas, razón por la cual
no le reconocí al principio. Tenía un tajo enrojecido en la parte inferior de la cara.
—¡Deténgase!—me gritó cuando me hallaba a diez metros de él.
Me detuve de inmediato.
—¿De dónde viene?—me preguntó con voz ronca.
Me quedé pensando mientras lo examinaba con atención.
—Vengo de Mortlake—dije al fin—. Estuve sepultado cerca del pozo que hicieron los
marcianos alrededor de su cilindro. Logré salir y he escapado.
—Por aquí no hay alimentos—manifestó—. Esta región es mía. Toda esta colina hasta el
río, y por atrás, hasta Clapham y el borde del campo comunal. Hay comida para uno solo.
¿Hacia dónde va?
—No sé—le respondí con lentitud—. Estuve sepultado en las ruinas de una casa durante
trece o catorce días. No sé qué ha pasado.
Me miró con expresión dubitativa y luego dio un respingo fijándose en mí con más
atención.
—No deseo quedarme por aquí—agregué—. Creo que seguiré hacia Leatherhead, pues
allí estaba mi esposa.
Él me señaló con el dedo.
—Es usted—dijo—. El hombre de Woking. ¿Y no lo mataron en Weybridge?
Lo reconocí en el mismo momento.
—Usted es el artillero que entró en mi jardín.
—¡Qué buena suerte!—exclamó—. Somos afortunados.
¡Usted!—me tendió la diestra y se la estreché—. Yo me metí en un desagüe. Y después
que se fueron escapé por los campos hacia Walton. Pero... todavía no hace dieciséis días y
está usted lleno de canas.
Miró de pronto por encima del hombro.
—No es más que una corneja—agregó—. Estos días se entera uno de que hasta los
pájaros hacen sombra. Estamos muy al descubierto. Metámonos entre esos matorrales y
conversaremos.
—¿Ha visto a los marcianos?—inquirí—. Desde que salí...
—Se han ido al otro lado de Londres. Creo que allí tienen un campamento más grande.
Por allá, por el lado de Hampstead, el cielo se llena de luces durante la noche. Es como una
gran ciudad, y en el resplandor se los ve moverse. De día no se ve nada. Pero más cerca...,
no los he visto...—contó con los dedos—en cinco días. Vi a dos de ellos al otro lado de
Hammersmith. Llevaban algo grande. Y anteanoche...—hizo una pausa y agregó en voz más
baja—: Fue cuestión de luces, pero había algo en el aire. Creo que han construido una
máquina de volar y están experimentando con ella.
Me detuve sobre manos y rodillas. Ya habíamos llegado a los matorrales.
—¿Vuelan?
—Sí; vuelan—repuso.
Me introduje por debajo de las ramas y me senté.
—La humanidad está perdida—expresé—. Si pueden hacer eso darán la vuelta al
mundo...
Él asintió.
—Sí. Pero eso aliviará un poco las cosas por aquí. Además...—me miró a los ojos—. ¿No
está usted convencido de que la humanidad está liquidada? Yo, sí. Estamos vencidos.
Me quedé mirándole. Por extraño que parezca, no había llegado yo a esta conclusión. El
hecho me resultó perfectamente obvio al oírselo afirmar. Aún abrigaba una esperanza vaga
o, más bien, conservaba una manera de pensar desarrollada durante la costumbre de toda
una vida. Él repitió con absoluta convicción: —Estamos vencidos. Guardó silencio un
momento.
—Ha terminado todo—dijo luego—. Ellos perdieron uno. Sólo uno. Se han afianzado en la
Tierra y destrozaron a la potencia más grande del mundo. Nos aplastaron. La muerte de
aquel de Weybridge fue un accidente. Y éstos no son más que los primeros. Siguen viniendo.
Esas estrellas verdes... No he visto ninguna en los últimos cinco o seis días, pero estoy
seguro de que caen todas las noches en alguna parte. No se puede hacer nada. ¡Estamos
aplastados! ¡Vencidos!
No le respondí. Me quedé con la vista clavada en el vacío esforzándome en vano por
pensar algo que desvirtuara sus afirmaciones.
—Esto no es una guerra—continuó el artillero—. Nunca lo fue. Tampoco las hormigas
pudieron hacernos la guerra a nosotros.
Súbitamente recordé aquella noche del observatorio. —Después del tercer disparo no
hubo más... Por lo menos, hasta que llegó el primer cilindro. —¿Cómo lo sabe usted?—me
preguntó. Se lo expliqué.
—Se habrá descompuesto el cañón—dijo entonces—. ¿Pero qué importa eso? Ya lo
arreglarán. Y aunque haya una demora, el final será el mismo. Hombres contra hormigas. Las
hormigas construyen sus ciudades, viven en ellas y tienen sus guerras y sus revoluciones,
hasta que los hombres quieren quitarlas de en medio, y entonces desaparecen. Eso es lo que
somos... Hormigas. Sólo que...
—¿Sí?—le urgí.
—Somos hormigas comestibles. Nos quedamos mirándonos. —¿Y qué harán con
nosotros?—dije al fin. —En eso he estado pensando. Después de Weybridge me fui al sur,
pensando siempre. Vi lo que pasaba. La mayor parte de la gente gritaba y se excitaba. Pero
yo no soy de los que gritan. He visto la muerte de cerca una o dos veces; no soy un soldado
ornamental y la muerte no me asusta. Pues bien, el que se salva es el que piensa. Vi que
todos se iban al sur y me dije: «Por aquel lado no durarán los alimentos.» Y me volví. Fui en
busca de los marcianos, como el gorrión busca a los hombres—con un amplio ademán indicó
los alrededores—. Por todas partes se mueren de hambre a montones y se pisotean unos a
otros...
Vio mi expresión y se interrumpió un instante.
—Sin duda alguna, los que tenían dinero escaparon»a Francia—continuó al poco—. Aquí
hay comida. Latas de conservas en las tiendas de comestibles; vinos, licores, aguas
minerales, y los caños principales de desagüe y las cloacas grandes están vacíos. Ahora
bien, le estaba diciendo lo que pensaba yo. «Aquí hay seres inteligentes—me dije—. Y
parece que nos quieren como alimento.» Primero destruirán nuestros barcos, máquinas,
armas, ciudades, y terminarán con el orden y la organización. Todo eso desaparecerá. Si
fuéramos del tamaño de las hormigas podríamos salvarnos. Pero no lo somos Ésa es la
primera seguridad que tenemos, ¿eh?
Asentí.
—Así es. Ya lo he pensado. Pues bien, vamos ahora. Por el momento nos capturan
cuando quieren. Un marciano no tiene más que caminar unas millas para encontrar una
multitud en fuga. Y un día vi a uno en Wandsworth que hacía pedazos las casas y rebuscaba
entre las ruinas. Pero no seguirán haciendo eso. Tan pronto como hayan terminado con
nuestras armas y barcos, destruido nuestros ferrocarriles y finalizado las cosas que están
haciendo aquí comenzarán a cazarnos de manera sistemática, eligiendo a los mejores y
guardándonos en jaulas. Eso es lo que harán después de un tiempo. ¡Dios! todavía no han
empezado con nosotros. ¿No se da cuenta?
—¿No han empezado?—exclamé.
—No. Lo que ha pasado hasta ahora se debe a que no hemos tenido la prudencia de
quedarnos quietos y los hemos molestado con nuestros cañones y tonterías. Además,
perdimos la cabeza y huimos en grandes multitudes hacia donde no había más seguridad
que en los sitios en que estábamos.
Todavía no quieren molestarnos. Están fabricando sus cosas, todas las que no pudieron
traer consigo, y preparando lo necesario para el resto de su raza. Posiblemente se deba a
eso que hayan dejado de caer otros cilindros, pues, sin duda, temen aplastar a los que ya
están aquí. Y en lugar de correr a ciegas o de juntar dinamita con la esperanza de hacerlos
volar tenemos que prepararnos para un nuevo estado de cosas. Así es como lo pienso yo. No
está eso de acuerdo con lo que el hombre desea para su especie, pero es lo que nos
aconsejan las circunstancias. Sobre ese principio me basé para obrar. Las ciudades, las
naciones, la civilización, el progreso..., todo eso ha terminado. Finalizó la partida. Estamos
vencidos.
—Pero si es así, ¿para qué hemos de seguir viviendo?
El artillero me miró con fijeza durante un momento.
—No habrá más conciertos hasta dentro de un millón o más de años; no habrá una
academia real de artes ni restaurantes de lujo. Si son diversiones lo que le interesan puede
olvidarse de ellas. Si tiene modales delicados o le desagrada comer las arvejas con el cuchillo
o pronunciar malas palabras, le conviene dejar de lado esos reparos. Ya no servirán de nada.
—¿Quiere decir...?
—Quiero decir que los hombres como yo son los que seguirán viviendo..., para que no se
pierda la raza. Le digo que estoy firmemente dispuesto a vivir. Y si no me equivoco, usted
también demostrará lo que vale y será como yo. No vamos a permitir que nos exterminen. Y
tampoco pienso dejar que me capturen, me domestiquen y me engorden como a un cerdo o
a una vaca. ¡Uf! ¡Esos malditos bichos que se arrastran!
—No querrá decir que...
—Sí. Yo viviré bajo sus pies. Ya lo tengo proyectado a la perfección. Estamos vencidos; no
sabemos lo suficiente. Debemos aprender para lograr otra oportunidad de triunfar. Y tenemos
que vivir y mantenernos independientes mientras aprendemos. ¿Comprende? Eso es lo que
ha de hacerse.
Lo miré con fijeza, lleno de asombro y profundamente conmovido por su resolución.
—¡Dios mío!—exclamé—. ¡Es usted todo un hombre!
Acto seguido le estreché la mano.
—¿Eh?—dijo él con los ojos relucientes—. Lo pensé bien, ¿eh?
—Prosiga usted.
—Pues bien, los que no quieran ser atrapados deben prepararse. Yo ya lo he hecho. Eso
sí, no todos nosotros tenemos lo que se necesita para ser bestias salvajes, y eso es lo que
hemos de ser. Por eso le estuve observando. Tuve mis dudas al verle tan delgado. Claro que
no sabía que era usted ni que había estado sepultado. Todos éstos, los que vivían en estas
casas, y todos los condenados dependientes de comercio, que vivían por allá, no sirven. No
tienen coraje, no sueñan ni ansían nada, y el que no tiene esas cosas, no vale un ardite.
»Todos ellos solían salir corriendo para el trabajo. He visto centenares de ellos, con el
desayuno en la mano, correr para tomar su tren por temor de llegar tarde al trabajo y perder
el empleo. Se dedicaban a negocios que nunca quisieron entender. Volvían corriendo a sus
casas por temor de no llegar a tiempo para la cena. Se quedaban en sus hogares después de
comer por temor a la oscuridad de las calles. Y dormían con sus esposas no porque las
quisieran, sino porque ellas tenían un poco de dinero, que les brindaba algo de seguridad en
sus miserables vidas. Vidas aseguradas por temor a la muerte y a los accidentes.
»Y los domingos..., el miedo al Más Allá. ¡Como si el infierno quisiera conejos! Pues bien,
los marcianos serán una bendición para ellos. Bonitas jaulas, bien aireadas; alimentos de
primera; nada de preocupaciones... Después de una semana de andar corriendo por los
campos sin nada que comer irán por su propia voluntad para que los capturen. Al cabo de un
tiempo estarán contentos y se preguntarán qué hacía la gente antes que los marcianos se
hicieran cargo de las cosas.
»Y los borrachos y los holgazanes..., ya me los imagino. Todos se volverán religiosos. Hay
centenares de cosas que he visto y que sólo en estos últimos días comencé a ver con
claridad. Muchos aceptarán las cosas como se presenten y otros se afligirán porque algo
anda mal y pensarán que es necesario hacer algo.
«Ahora bien, cuando las cosas se ponen de tal manera que muchas personas opinan que
deberían hacer algo, los débiles de carácter y los que se debilitan con mucho pensar siempre
inventan una especie de religión de brazos cruzados, muy pía y superior, y se someten a la
persecución y a la voluntad del Señor. Posiblemente lo haya visto usted. En esas jaulas
resonarán los himnos y los salmos. Y los menos simples contribuirán con un poco de...,
¿cómo se llama?... Erotismo.
Hizo una pausa.
—Es muy posible que los marcianos tengan preferidos entre ellos; que les enseñen a
hacer pruebas. ¿Quién sabe? Puede que se pongan sentimentales con algún muchachito
que se crió entre ellos y deba ser sacrificado. Y es posible que enseñen a algunos a
perseguirnos.
—No—exclamé—. ¡Eso es imposible! Ningún ser humano...
—¿De qué sirven esas mentiras?—me interrumpió el artillero—. Muchos hombres lo
harían con gusto. ¿De qué vale fingir que no es así?
Y yo sucumbí a su convicción.
—Si vienen a buscarme... ¡Dios! Si vienen a buscarme...
Calló para meditar con el ceño fruncido.
Me puse a pensar en lo que había dicho. No encontré argumentos para oponer a sus
afirmaciones. En los días anteriores a la invasión nadie habría puesto en duda mi
superioridad intelectual en comparación con la suya —yo, un conocido escritor de temas
filosóficos, y él, un soldado común—y, sin embargo, él ya había delineado una situación que
yo no alcanzaba a comprender del todo.
—¿Qué hace usted?—pregunté al poco—. ¿Qué planes tiene?
Vaciló un momento antes de contestarme.
—Verá usted—dijo al fin—. ¿Qué tenemos que hacer? Tenemos que inventar una clase
de vida en la que los hombres puedan medrar y multiplicarse y estén seguros de poder criar a
sus hijos. Sí... Espere un momento y le aclararé lo que pienso que puede hacerse. Los
mansos desaparecerán como las bestias mansas; en pocas generaciones serán gordos,
estarán bien cuidados... y servirán de alimento a los marcianos. El riesgo está en que los que
sigamos sueltos nos volvamos salvajes y degeneremos para convertirnos en una especie de
raza feroz... Verá usted, pienso vivir bajo tierra. He elegido las cloacas y los desagües. Claro
que los que no los conocen creen que son algo terrible; pero debajo de Londres hay miles y
miles de conductos, y en unos cuantos días de lluvia, estando la ciudad desocupada,
quedarán perfectamente limpios. Los caños principales son lo bastante grandes y aireados
para vivir. Además, están los sótanos, las bóvedas de los bancos y de las tiendas, y desde
ellos se pueden abrir pasajes hasta los caños. Y los túneles del ferrocarril y los del tren
subterráneo. ¿Eh? ¿Comprende? Formaremos una banda de hombres fuertes e inteligentes.
No aceptaremos a cualquiera que quiera unírsenos. A los débiles, los rechazaremos.
—¿Como pensaba hacer conmigo?
—Bueno..., por lo menos, parlamenté con usted, ¿no?
—No discutiremos el punto. Prosiga.
—Los que estén con nosotros deberán obedecer órdenes. También tendremos mujeres
sanas y fuertes; madres y maestras. Nada de damas delicadas y estúpidas. No queremos
débiles y tontos. La vida vuelve a ser vida verdadera y los inútiles y torpes deben
desaparecer. Deberían estar dispuestos a morir. Al fin y al cabo, sería desleal que siguieran
viviendo para contaminar la raza. Por otra parte, no podrían ser felices.
»Nos reuniremos en todos esos lugares. Nuestro distrito será Londres. Y hasta podremos
mantener una guardia y andar al descubierto cuando se alejen los marcianos. Es posible que
hasta podamos jugar al cricket. Así salvaremos la raza. ¿Eh? ¿No es posible? Pero eso de
salvar la raza no es nada. Como le dije, así seremos ratas solamente. Lo importante es que
salvemos nuestros conocimientos y los aumentemos. En eso intervendrán los hombres como
usted. Hay libros, modelos. Debemos hacer depósitos bien profundos y obtener todos los
libros que podamos; nada de novelas y estúpidas poesías, sino libros de ideas y de ciencia.
Iremos al Museo Británico a recoger esos volúmenes. En especial tendremos que conservar
nuestra ciencia y aprender más. Debemos observar a los marcianos. Algunos de nosotros
iremos como espías. Cuando esté todo en marcha es posible que vaya yo mismo y me deje
capturar. Y lo importante es que dejaremos en paz a los marcianos. Ni siquiera robaremos. Si
vemos que los molestamos en algo, nos iremos. Hay que demostrarles que no pensamos
hacerles daño. Sí, ya lo sé. Pero son inteligentes y nos cazarán si tienen todo lo que quieren
y nos consideran alimañas inofensivas.
El artillero hizo una pausa y puso una mano sobre mi brazo.
—Al fin y al cabo, quizá no sea tanto lo que tengamos que aprender antes de... Imagínese
esto: cuatro o cinco de sus máquinas de guerra se apartan de pronto; rayos calóricos a
derecha e izquierda y ni un marciano que los maneje. Ni un marciano, sino hombres;
hombres que han aprendido a hacerlo. Quizá sea en mi tiempo. ¡Qué agradable sería tener
una de esas máquinas y su rayo calórico! ¡Qué magnífico controlar eso! ¿Que importaría que
nos hicieran pedazos, al fin, si se pudiera liquidar a unos cuantos así? Entonces sí que
abrirían los ojos esos marcianos. ¿No se lo imagina usted? ¿No los ve ya arrastrándose
trabajosamente hacia sus otros aparatos? En todos ellos encontrarían algo descompuesto. Y
mientras estuvieran arreglando los desperfectos, ¡paf!, llega el rayo calórico y el hombre
vuelve a recobrar lo suyo.
Durante un rato dominó por completo mi mente la audacia imaginativa del individuo y el
tono de coraje y seguridad con que hablaba. Creí sin ninguna vacilación en su profecía del
destino humano y en la posibilidad de llevar a cabo su asombroso plan, y el lector que me
considere susceptible y tonto debe contrastar su posición, pensar en el tema poniéndose en
mi lugar e imaginarse a sí mismo, como me hallaba yo en aquellos momentos, acurrucado
entre los matorrales y lleno de aprensión.
De esta manera hablamos durante parte de la mañana, y algo más tarde, una vez que
hubimos comprobado que no había marcianos en los alrededores, corrimos precipitadamente
hacia la casa de Putney Hill, donde mi nuevo compañero había instalado su cubil. Era el
sótano del carbón, y cuando vi el trabajo que llevara a cabo en una semana—un túnel de sólo
diez metros de largo, con el que pensaba llegar hasta la cloaca principal de Putney Hill—tuve
mi primera sospecha sobre el abismo que había entre sus sueños y su capacidad para
llevarlos a cabo. Un pozo así podía yo haberlo cavado en un día. Pero creí en él lo suficiente
como para ayudarle a trabajar aquella mañana hasta pasado el mediodía.
Teníamos una carretilla y arrojábamos a la cocina la tierra extraída. Nos refrescamos con
una lata de sopa de tortuga y vino de la despensa vecina. En esta labor encontré el curioso
alivio de la impresión que me embargaba al encontrarme en un mundo tan extraño. Mientras
trabajábamos reflexioné largamente sobre sus proyectos y, al fin, comenzaron a presentarse
objeciones y dudas; pero seguí cavando allí toda la mañana, pues me alegraba tener de
nuevo algo definido que hacer.
Al cabo de una hora comencé a pensar en la distancia que debíamos cavar antes de llegar
a la cloaca y en la posibilidad que teníamos de no dar con ella. Mi objeción primera fue que
tuviéramos que cavar un túnel tan largo cuando era posible entrar en la cloaca de inmediato
por una de las tomas de la calle y excavar desde ella hacia la casa. También me pareció que
mi amigo había elegido mal la casa y que requería un túnel demasiado largo. Y cuando
empezaba a hacerme cargo de estos detalles, el artillero dejó la pala y me miró.
—Estamos trabajando bien—dijo—. Dejémoslo por un rato. Creo que ya es hora de ir a
explorar los alrededores desde el techo.
Yo era partidario de continuar, y tras ligera vacilación, él tomó de nuevo la pala. De pronto
se me ocurrió una idea e interrumpí mi labor. Él me imitó de inmediato.
—¿Por qué andaba caminando por el campo comunal en vez de estar aquí?—le pregunté.
—Estaba tomando aire—repuso—. Ya volvía. Es menos peligroso de noche.
—Pero ¿y el trabajo?
—Uno no puede trabajar siempre—dijo.
De inmediato lo vi tal cual era. Él titubeó un instante, con la pala en la mano.
—Ahora deberíamos hacer un reconocimiento desde arriba, pues si se acerca alguno de
ellos podría oír el ruido y tomarnos de sorpresa—manifestó.
Ya no me sentí dispuesto a objetar. Juntos fuimos al techo y nos paramos sobre una
escalera para espiar desde la puerta de la azotea. No se veía marciano alguno y nos
aventuramos a salir.
Desde el parapeto no podíamos ver casi nada de Putney debido a los matorrales; pero
dominábamos el río, que era una masa de hierba roja, y las partes más bajas de Lamberth,
completamente inundadas. La enredadera marciana subía por los árboles cercanos al viejo
palacio y las ramas muertas sobresalían por entre los rojos racimos. Resultaba extraño ver
cuan por entero dependían del agua aquellas plantas para propagarse. A nuestro alrededor
ninguna de las dos había logrado medrar.
Miramos hacia el norte, y al otro lado de Kensington vimos que se elevaban grandes
nubes de humo denso.
El artillero comenzó a hablarme de la clase de gente que aún quedaba en Londres.
—Una noche de la semana pasada algunos locos pusieron en funcionamiento las
centrales eléctricas. Toda la calle Regent y el Circus se iluminaron de repente y allí se
juntaron mujeres pintadas y hombres borrachos, que estuvieron bailando y gritando hasta el
amanecer.
»Me lo contó un hombre que estuvo allí y parece que al llegar el día vieron una máquina
guerrera parada cerca de Langham mirándolos. Dios sabe cuánto tiempo había estado allí.
Bajó por el camino hacia ellos y se apoderó de cerca de cien, que estaban demasiado
borrachos y asustados para huir.
¡Grotesco vislumbre de una época que ninguna historia llegará a describir completamente!
Después de esto, y en respuesta a mis preguntas, volvió a mencionar sus grandiosos
planes. En seguida se entusiasmó y habló con tanta elocuencia de la posibilidad de capturar
una máquina guerrera, que casi estuve a punto de volverle a creer. Pero ahora, que ya
comenzaba a entender su carácter, comprendí por qué insistía en que no se hiciera nada
precipitadamente. Y noté que ahora no era cuestión de que fuera él en persona quien
capturase o hiciera frente a la máquina.
Al cabo de un rato bajamos al sótano. Ninguno de los dos estaba dispuesto a continuar el
trabajo, y cuando él sugirió que comiéramos, acepté de buen grado. Mi compañero se tornó
de pronto muy generoso, y cuando hubimos comido se fue y volvió poco después trayendo
unos cigarros excelentes. Los encendimos, y su optimismo llegó al punto culminante.
Sentíase inclinado a considerar mi llegada como algo extraordinario.
—Hay champaña en el sótano—dijo.
—Podremos cavar mejor si seguimos tomando este vino—repuse.
—No. Hoy soy yo el anfitrión. Tomaremos champaña. ¡Dios santo! Bastante grande es la
tarea que nos espera. Descansemos y cobremos fuerzas mientras podamos. Mire las
ampollas que tengo en las manos.
Y continuando la idea de tomarnos un día de descanso, jugamos a las cartas después de
la comida. Me enseñó a jugar euchre, y después de dividir a Londres entre ambos,
quedándome yo con la parte del norte y él con la del sur, nos disputamos las distintas
parroquias. Por grotesco y alocado que parezca esto al sobrio lector, es la pura verdad, y lo
más extraordinario es que el juego me resultó en extremo interesante.
¡Cuan extraña es la mente del hombre! Estando nuestra especie al borde de la muerte o
de la peor de las degradaciones, sin perspectiva clara ante nosotros, salvo la de una muerte
espantosa, pudimos estar allí sentados, siguiendo los caprichos de los cartones pintados y
jugando con gran entusiasmo.
Después me enseñó a jugar al póquer y le gané luego tres partidas de ajedrez. Al llegar la
noche estábamos tan interesados, que decidimos correr el riesgo de encender una lámpara.
Cenamos al cabo de una serie interminable de partidas y el artillero terminó con el
champaña. Continuamos fumando los cigarros. Él no era ya el enérgico regenerador de su
especie que encontrara yo en la mañana. Seguía mostrándose optimista; mas era el suyo un
optimismo más reflexivo y menos dinámico. Recuerdo que terminó con un brindis a mi salud,
expresado en un discurso de poca variedad y muchos balbuceos. Tomé entonces un cigarro
y subí para ver las luces de que me había hablado, las que según él brillaban con matices
verdosos a lo largo de las colinas Highgate.
Al principio miré hacia el Valle de Londres con cierta sorpresa. Las colinas del norte
estaban envueltas en la mayor oscuridad; los fuegos próximos a Kensington relucían con
reflejos rojizos, y de cuando en cuando se elevaba una llamarada de color naranja, que
terminaba por perderse en el azul oscuro del cielo. Todo el resto de Londres estaba en
tinieblas. Luego, algo más cerca, percibí una luz extraña, un resplandor fosforescente de
color violeta pálido, que titilaba ante los impulsos de la brisa. Por un momento no pude
identificarlo y después comprendí que debía ser la hierba roja la que lo causaba.
Al darme cuenta de esto despertóse en mí de nuevo el sentido de la proporción. Miré
entonces hacia Marte, que brillaba en Occidente, y me volví luego para contemplar
largamente las tinieblas donde se hallaban Hampstead y Highgate.
Mucho tiempo estuve sobre la azotea pensando en los grotescos cambios que viera en
ese día. Recordé mis estados mentales, desde la plegaria de la medianoche hasta las
estúpidas partidas de naipes. Experimenté entonces una repugnancia súbita y recuerdo que
arrojé el cigarro con cierto simbolismo derrochador.
Comprendí en seguida la exageración de mi locura. Era un traidor para mi esposa y para
mi raza; me sentí lleno de remordimientos.
Tomé entonces la resolución de dejar al extraño e indisciplinado soñador de grandes
cosas a solas con su bebida y alimentos y entrar en Londres. Me pareció que allí tendría más
posibilidades de enterarme de lo que hacían los marcianos y mis semejantes. Todavía me
hallaba en la azotea cuando se elevó la luna en el cielo.

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - LIBRO 2 - PARTE 8


8 - LA CIUDAD MUERTA
Después que me hube separado del artillero, descendí la colina y tomé por la calle High
cruzando el puente hasta Fulham. La hierba roja crecía profusamente en aquel entonces y
cubría casi todo el puente, pero sus hojas presentábanse ya descoloridas en muchas partes,
víctimas, sin duda, de la enfermedad que poco después las habría exterminado.
En la esquina del camino que dobla hacia la estación de Putney Bridge encontré a un
hombre tendido en el suelo. Le cubría por completo el polvo negro y estaba vivo, pero se
encontraba completamente borracho. No pude sacarle más que maldiciones, y cuando me
aproximé quiso atacarme. Creo que me habría quedado con él de no haber sido por el
aspecto brutal de sus facciones.
Había polvo negro en todo el camino desde el puente en adelante, y en Fulham abundaba
aún más. En las calles reinaba un silencio impresionante. Conseguí algo de comer en una
panadería del barrio. Ya en dirección a Walham Green, las calles estaban libres del polvo, y
pasé frente a un grupo de casas que ardían; el ruido del incendio me resultó agradable en
medio de tanto silencio. Al seguir hacia Brompton volvió a deprimirme la quietud reinante.
Allí encontré, una vez más, el polvo negro en las calles y sobre los cadáveres, de los
cuales vi una docena en toda la extensión del Fulham Road. Hacía días que estaban
muertos, razón por la cual me apresuré a alejarme. El polvo negro los cubría a todos,
suavizando sus contornos. Los perros habían atacado a varios.
Donde no se veía polvo negro la ciudad presentaba el aspecto normal de los domingos,
con sus tiendas cerradas, las casas desocupadas y el silencio general. En algunos sitios
habían andado los saqueadores, pero sólo en los comercios de comestibles y licores. Vi el
cristal destrozado del escaparate de una joyería, pero alguien debía haber interrumpido al
ladrón, pues había numerosas cadenas de oro y algunos relojes diseminados por la acera.
No me molesté en tocarlos. Más adelante encontré una mujer hecha un ovillo en un portal; la
mano que apoyaba sobre una rodilla tenía una herida, que había sangrado sobre su vestido,
y junto a ella vi los restos de una botella de champaña. Parecía dormida, pero estaba muerta.
Cuanto más me adentraba en Londres, tanto más profundo se hacía el silencio. Pero no
era tanto el silencio de la muerte, sino más bien el del suspenso y la expectativa. En cualquier
momento podía llegar allí la mano destructora que hiciera su obra nefasta en los límites de la
metrópoli, aniquilando Ealing y Kilburn.
En South Kensington no había cadáveres ni polvo negro. Fue allí donde oí por primera vez
los aullidos. Eran éstos como un largo sollozo compuesto de dos notas que se repetían
alternativamente. «Ula, ula, ula», era el sonido escalofriante que llegó a mis oídos. Cuando
pasaba por las calles que corrían de norte a sur se acrecentaba su volumen, perdiéndose
luego por entre las casas. Se tornó extraordinariamente voluminoso en el Exhibition Road. Allí
me detuve, mirando hacia Kensington Gardens, asombrado ante el extraño gemido, que
parecía llegar desde muy lejos. Era como si el tremendo desierto de edificios hubiera hallado
una voz que expresara su terror y soledad.
«Ula, ula, ula», se repetía la nota sobrehumana en grandes ondas sonoras que barrían la
ancha calle.
Me volví hacia el norte, mirando los portales de hierro de Hyde Park. Estuve tentado de
entrar en el Museo de Historia Natural y subir a las torres, a fin de ver el otro lado del parque.
Pero decidí seguir por las calles, donde era posible ocultarse con más rapidez en caso de
peligro, y por ello continué avanzando por el Exhibition Road.
Todas las mansiones de ambos lados de la avenida estaban desiertas y silenciosas y mis
pasos despertaban los ecos dormidos de la arteria. En el otro extremo, cerca de la entrada
del parque, vi un extraño espectáculo: un ómnibus volcado y el esqueleto completamente
limpio de un caballo. Durante un tiempo me quedé mirando esto con gran asombro y después
continué hacia el puente que salva el Serpentine. La voz se tornó más sonora, aunque no
veía yo nada sobre los techos de las casas del lado norte del parque.
«Ula, ula, ula», gritaba la voz, procedente, según me pareció, del distrito próximo a Regent
Park. El tremendo gemido hizo su efecto en mi mente. Apabullóse mi ánimo y el temor hizo
presa en mí. Descubrí que me sentía fatigado, dolorido y nuevamente hambriento.
Ya era más de mediodía. ¿Por qué vagaba solo en esa ciudad de muerte? ¿Por qué
estaba yo solo en pie, cuando todo Londres yacía cubierto por su mortaja negra? Me sentí
intolerablemente solitario. Recordé viejos amigos que olvidara años atrás. Pensé en los
venenos de las farmacias, en los licores de las tiendas de vino; recordé a los otros dos seres:
uno, borracho, y el otro, muerto, que parecían ser los únicos que compartían la ciudad
conmigo...
Entré en la calle Oxford por Marble Arch y allí vi de nuevo el polvo negro y los cadáveres,
mientras que de las rejillas de ventilación de los sótanos salía un olor horrible. El calor de la
larga caminata avivó mi sed. Con gran trabajo logré entrar en un restaurante y obtener
alimento y bebida. Después de comer me sentí agotado y fui a una salita interior para
acostarme en un sofá que encontré allí.
Desperté con el tremendo gemido resonando en mis oídos: «Ula, ula, ula». Caía ya la
noche, y después de haberme apoderado de algunos bizcochos y un poco de queso—el
depósito de carne no contenía más que gusanos—seguí camino hacia las plazuelas
residenciales de la calle Baker, hasta que salí, al fin, a Regent Park.
Al salir por el extremo de la calle Baker vi sobre los árboles y muy a lo lejos el capuchón
del gigante marciano del cual provenía el incesante aullido. No me sentí aterrorizado. Aquello
fue como algo muy natural. Lo estuve observando un tiempo, pero el monstruo no se movió.
Parecía estar parado y gritar y no pude adivinar la razón de que hiciera tal cosa.
Traté de formular un plan de acción, pero el perpetuo aullido me aturdió. Tal vez estaba
demasiado cansado para ser cauteloso. Lo cierto es que sentí curiosidad por saber a qué se
debía el monótono gemido.
Me alejé del parque y tomé por Park Road con la intención de dar la vuelta en torno del
espacio abierto. Avancé bien a cubierto y logré ver al marciano desde la dirección de St.
John's Wood. Al hallarme a doscientos metros de la calle Baker oí un coro de ladridos y vi
primero a un perro que llevaba entre los dientes un trozo de carne putrefacta. El animal iba en
dirección hacia mí y le seguía un grupo de otros canes. El primero describió un amplio rodeo
para alejarse de mí, como si temiera que le disputase la carne. Al perderse los ladridos a lo
lejos volví a oír claramente el ulular del marciano.
Me encontré con la máquina de trabajo destrozada en camino hacia la estación de St.
John's Wood. Al principio creí que una de las casas habíase desplomado sobre la calle.
Cuando trepé sobre los escombros vi con sorpresa el Sansón mecánico en el suelo, con sus
tentáculos doblados y rotos entre las ruinas que él mismo había causado. La parte delantera
estaba aplastada. Parece que había avanzado ciegamente hacia la casa y quedó destrozada
al caerle encima los escombros. Tuve la impresión de que esto podría haber ocurrido si la
máquina de trabajo había escapado al control del marciano que la guiaba. No pude meterme
entre los escombros para observarla mejor y estaba ya demasiado oscuro para que pudiera
ver la sangre de que estaba manchado su asiento y los restos del marciano que dejaran los
perros.
Mas maravillado aún por lo que acababa de ver, seguí hacia Primrose Hill. Muy a lo lejos,
por un claro entre los árboles, vi a un segundo marciano, tan inmóvil como el primero, parado
en el parque del Jardín Zoológico.
Poco más allá de los restos de la máquina de trabajo volví a encontrar la hierba roja y vi
que el Canal Regent era una masa esponjosa de vegetación carmesí.
Cuando cruzaba el puente cesó de pronto el prolongado gemido. El silencio subsiguiente
me produjo la misma impresión de un trueno repentino.
Las casas de mi alrededor se elevaban entre las sombras; los árboles del parque se
tornaban negros. La hierba roja trepaba por entre las ruinas hasta bastante altura. La noche,
madre del terror y del misterio, se cernía ya sobre mí. Pero mientras sonaba aquella voz, la
soledad había sido soportable; en virtud de ella, Londres había parecido vivo, y este detalle
me sostuvo. Luego ocurrió el cambio, feneció algo—no sé qué—y el silencio se tornó
aplastante.
Londres parecía mirarme. Las ventanas de las casas blancas eran como las cuencas
vacías de cráneos blanqueados por el tiempo. Mi imaginación descubrió a mil enemigos que
se movían silenciosos a mi alrededor. El terror hizo presa en mí. Más adelante, la calle
habíase tornado tan negra como la tinta y vi una forma retorcida en medio del camino. No
pude seguir. Me volví por St. John's Wood Road y eché a correr para alejarme de aquella
quietud insoportable e ir hacia Kilburn.
Me oculté de la noche y el silencio, hasta mucho después de las doce, en un refugio para
cocheros que hay en Harrow Road. Pero antes del amanecer volví a recobrar el valor, y
mientras brillaban todavía las estrellas salí de nuevo en dirección a Regent Park.
Me extravié por el camino y al poco vi, a la media luz del alba, la curva de Primrose Hill, al
otro extremo de la larga avenida. En su cima se hallaba un tercer marciano, erguido e inmóvil
como los otros.
Una idea insana se posesionó de mí. Terminaría de una vez con todo. Era mejor morir y
me ahorraría la molestia de suicidarme. Marché decididamente hacia el titán, y luego, al
acercarme más y acrecentarse la luz, vi que una multitud de pájaros negros volaba en
círculos y se apiñaba alrededor del capuchón. Ante ese espectáculo dio un vuelco mi corazón
y acto seguido eché a correr por el camino.
Pasé rápidamente por entre la frondosa hierba roja que cubría St. Edmond's Terrace,
crucé con gran esfuerzo un torrente que nacía en los caños principales del servicio del agua y
desembocaba en Albert Road y salí al prado antes que se elevara el sol.
Grandes montones de tierra habíanse apilado alrededor de la cima de la colina formando
un enorme reducto —aquella era la más grande y la última de las fortalezas hechas por los
marcianos—, y desde detrás de los montones de tierra se elevaba una delgada columna de
humo. Contra el fondo del cielo vi la silueta de un perro que echaba a correr y se perdía de
vista.
La idea que se presentara a mi mente se tornó más real y aceptable. No sentí temor, sino
un júbilo extraordinario, al correr colina arriba hacia el monstruo inmóvil. Del capuchón
pendían jirones de carne parda, que los pájaros picoteaban.
Un momento más y había trepado a la muralla de tierra. Ya tenía a mi vista el enorme
reducto. Era un espacio muy grande y había en él máquinas gigantescas, altas pilas de
materiales y extraños refugios. Y diseminados por todas partes: algunos en sus máquinas de
guerra derribadas; otros en las máquinas de trabajo, ahora inmóviles, y una docena de ellos
tendidos en una hilera silenciosa, se hallaban los marcianos..., ¡todos muertos! Destruidos por
las bacterias de la corrupción y de la enfermedad, contra las cuales no tenían defensas;
destruidos, como le estaba ocurriendo a la hierba roja; derrotados—después que fallaron
todos los inventos del hombre—por los seres más humildes que Dios, en su sabiduría, ha
puesto sobre la Tierra.
Había sucedido lo que yo y muchos otros podríamos haber previsto si no nos hubiera
cegado el terror. Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el
comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde
que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la
raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha
ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias—las que causan la putrefacción
en la materia muerta, por ejemplo—no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes.
Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y
se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora. Ya cuando los
observé yo estaban irrevocablemente condenados, muriendo y pudriéndose mientras
andaban de un lado para otro. Era inevitable. Con un billón de muertes ha adquirido el
hombre su derecho a vivir en la Tierra y nadie puede disputárselo; no lo habría perdido
aunque los marcianos hubieran sido diez veces más poderosos de lo que eran, pues no en
vano viven y mueren los hombres.
Aquí y allá se encontraban diseminados cerca de cincuenta, en total, en aquel último
reducto, sorprendidos por una muerte que debe haberles parecido incomprensible.
Para mí también resultó incomprensible su muerte. Todo lo que supe fue que esos seres,
que habían sido tan terribles para el hombre, estaban ahora muertos. Por un momento creí
que la destrucción de Senaquerib se había repetido, que Dios habíase arrepentido, que el
Ángel de la Muerte los había matado durante la noche.
Me quedé mirando hacia el interior del pozo y mi corazón latió jubilosamente. En ese
momento me iluminó con sus rayos el sol naciente. El pozo estaba todavía en la penumbra;
las tremendas máquinas, tan maravillosas en su poder y complejidad, tan extraterrestres en
su forma, mostrábanse fantásticas, vagas y extrañas entre las sombras.
Oí que una multitud de perros reñía entre los cadáveres que yacían en el pozo. Del otro
lado del reducto yacía la gran máquina de volar con la que habían estado experimentando en
nuestra atmósfera, más densa, cuando les sorprendió la corrupción y la muerte.
Al oír graznidos en lo alto miré hacia la enorme máquina guerrera, que no volvería a luchar
más, y vi los restos de carne roja que pendían de los asientos, volcados en su capuchón.
Me volví para mirar cuesta abajo hacia donde se hallaban los otros dos marcianos,
rodeados por los pájaros negros. Uno de ellos había muerto mientras llamaba a sus
compañeros; quizá fue el último en fenecer y su voz continuó resonando hasta que se agotó
la fuerza motriz de su máquina. Ahora relucían ambos como inofensivos trípodes de brillante
metal a la luz clara del sol que nacía...
Alrededor del pozo, y salvada como por milagro de una destrucción total, se extendía la
madre de las ciudades. Los que han visto Londres sólo velado por sus sombríos mantos de
humo no pueden imaginar la desnuda claridad y la belleza del silencioso dédalo de casas.
Hacia el este, sobre las ruinas ennegrecidas de Albert Terrace y la aguja quebrada de la
iglesia, el sol brillaba deslumbrante en el cielo límpido, y aquí y allá captaba la luz alguna
faceta de una claraboya de cristales. Los rayos tocaban ya el depósito de vinos próximo a la
estación Chalk Famm, y los vastos terrenos del ferrocarril, marcados antes con los
relucientes rieles, que ahora estaban teñidos de herrumbre debido al desuso.
Hacia el norte se hallaban Kilburn y Hampstead; hacia el oeste se perdía la visión de la
gran ciudad debido a la distancia, y hacia el sur, al otro lado del pozo, vi claramente la
extensión verde de Regent Park, el hotel Langham, la cúpula del Albert Hall, el Instituto
Imperial y las gigantescas mansiones de Brompton Road. A lo lejos se elevaban las azuladas
colinas de Surrey y las torres del Crystal Palace relucían como dos varas de plata. La cúpula
de St. Paul's mostrábase oscura contra el resplandor del sol, y por primera vez vi que tenía
un enorme agujero en su costado occidental.
Y mientras contemplaba aquella vasta extensión de casas, fábricas e iglesias, silenciosas
y abandonadas; mientras pensaba en las esperanzas y esfuerzos, en las vidas que
contribuyeron a la construcción de aquel refugio humano y en la terrible amenaza que se
cernió sobre todo ello; cuando comprendí que la sombra habíase disipado, que los hombres
recorrerían sus calles y que esta vasta ciudad muerta volvería una vez más a la vida,
experimenté una emoción que estuvo a punto de arrancar lágrimas de mis ojos.
Había pasado la tempestad. Ese mismo día comenzaría la cura. Los sobrevivientes
diseminados por el país—sin líderes, sin ley, sin alimentos, como ovejas sin su pastor—, los
miles que huyeran por el mar, emprenderían el regreso; la pulsación de la vida, cada vez más
fuerte, volvería a latir en las calles desiertas y a verterse por las plazuelas abandonadas.
Fuera cual fuese la destrucción, habíase ya detenido la mano destructora. Todas las
ruinas, los ennegrecidos esqueletos de los edificios, que parecían mirar con desesperación
hacia el verdor de la colina, resonarían ahora con los martillazos de los constructores. Al
pensar esto tendí las manos hacia el cielo y di las gracias a Dios. En un año, me dije; en un
año...
Y luego, con fuerzas aplastadoras, volvió a mi mente la idea de mi situación, el recuerdo
de mi esposa y el de la vida de esperanza y ternura que había cesado para siempre.

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - LIBRO 2 - PARTE 9



 


9 - LOS RESTOS
Y ahora llega la parte más extraña de mi relato. Y, sin embargo, quizá no sea del todo
extraña. Recuerdo clara, fría y vividamente todo lo que hice aquel día hasta el momento en
que me hallé parado, llorando y alabado a Dios, sobre la cima de Primrose HUÍ. Lo demás no
lo recuerdo...
De los tres días siguientes no sé nada. Después me enteré de que no fui yo el primer
descubridor de la derrota marciana. Hubo otros vagabundos que lo descubrieron la noche
anterior. Un hombre—el primero—había ido a St. Martin's-le-Grand, y mientras me hallaba yo
en el refugio para cocheros, logró telegrafiar a París. De allí se retransmitió la noticia a todo el
mundo. Mil ciudades, aprisionadas por la más terrible aprensión, se iluminaron de pronto; lo
sabían ya en Dublín, en Edimburgo, en Manchester, en Birmingham, cuando me encontraba
yo parado al borde del pozo.
Ya los hombres, que lloraban de gozo, interrumpían su trabajo para felicitarse y darse la
mano. Otros trepaban a los trenes para dirigirse a Londres. Las campanas de las iglesias,
que enmudecieron quince días antes, empezaron a tocar a vuelo y resonaron en toda
Inglaterra. Hombres en bicicletas, flacos y desaliñados, corrían por todos los caminos
comunicando a gritos la noticia. ¡Y los alimentos! Desde el otro lado del canal, del mar del
Norte y del Atlántico llegaban ya cargamentos de trigo, pan y carne. Todos los barcos del
mundo parecían dirigirse a Londres en aquellos días.
Pero de esto nada recuerdo. Yo vagué demente por las calles. Me encontré, al fin, en la
casa de ciertas personas bondadosas, que me encontraron al tercer día andando sin rumbo,
gritando y llorando por St. John's Wood. Después me dijeron que iba cantando una canción
improvisada sobre «el último hombre en la Tierra». Preocupadas como estaban por sus
propios asuntos, esas personas, a quienes tanto debo y cuyas bondades quisiera agradecer,
pero que ignoro sus nombres, me tomaron a su cargo y me cuidaron. Al parecer, se
enteraron de fragmentos de mi historia durante los días en que estuve delirante.
Cuando se hubo recobrado mi mente, me dieron con gran suavidad la noticia del destino
corrido por Leatherhead. Dos días después de quedar yo aprisionado en la casa derruida, un
marciano destruyó aquella población por completo y exterminó a todos sus habitantes. Al
parecer, la barrió por completo sin la menor provocación, como podría un muchacho aplastar
un hormiguero sólo por capricho.
Era yo un hombre completamente abatido y fueron muy buenos conmigo. Con ellos estuve
durante cuatro días después de recuperarme. Todo ese tiempo sentí un anhelo inmenso de ir
a ver lo que quedaba de aquella vida tan feliz de mi pasado. Era un deseo desesperado de
contemplar mi propia desdicha. Ellos me disuadieron e hicieron todo lo posible por
convencerme de que no lo hiciera. Pero, al fin, no pude resistir ya el impulso y,
prometiéndoles que volvería, me separé de ellos con lágrimas en los ojos y salí de nuevo a
las calles, que viera por última vez oscuras y abandonadas.
Ya estaban llenas de gente que volvía, en ciertos lugares vi abiertos los comercios y
descubrí una fuente de beber ya en funcionamiento.
Recuerdo lo hermoso que parecía el día cuando inicié mi melancólica marcha hacia la
casita de Woking y el numeroso público que andaba por las calles, ahora llenas de vida.
Había tanta gente en todas partes, que me pareció increíble que una gran parte de la
población hubiera sido sacrificada. Pero luego noté la palidez de todos, el desaliño de la
mayoría, la fijeza de las miradas y los harapos de muchos. Los rostros se mostraban con dos
expresiones: un júbilo extraordinario y una resolución sañuda. Salvo por este detalle, Londres
parecía una ciudad de vagabundos. En las iglesias distribuían el pan que nos enviara el
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Gobierno francés. Los pocos caballos que vi estaban terriblemente flacos. Delgados agentes
especiales, con un brazalete blanco sobre la manga, ocupaban casi todas las esquinas. Vi
poco de los daños causados por los marcianos hasta que llegué a la calle Wellington, donde
descubrí Ja hierba roja que trepaba por los paramentos del puente de Waterloo.
Y en la esquina del puente vi uno de los contrastes comunes de aquella época grotesca:
una hoja de papel que se mecía sobre un matorral de hierba roja. Era un aviso del primer
diario que reiniciaba sus actividades, el Daily Mail.
Adquirí un ejemplar con un penique ennegrecido que hallé en mi bolsillo. La mayor parte
del diario estaba en blanco, pero el solitario editor que compuso el ejemplar habíase divertido
distribuyendo espacios recuadrados para avisos en la página final. Lo impreso era pura
emoción; las agencias de noticias no estaban todavía en funcionamiento. No me enteré de
nada nuevo, salvo que en el transcurso de una semana ya se habían conseguido resultados
asombrosos con el examen de los mecanismos marcianos. Entre otras cosas, el artículo
aseguraba lo que no creí entonces: que se había descubierto «el secreto del vuelo».
En Waterloo encontré los trenes gratis, que llevaban a la gente a sus hogares. Había
pocos viajeros en el tren, pues el primer contingente habla pasado ya. Como no estaba de
humor para conversar, me metí en un compartimiento y me puse a mirar la devastación que
se deslizaba por la ventanilla al paso del tren. Precisamente al salir de la estación se sacudió
el convoy al pasar sobre los rieles provisionales, y a ambos lados de las vías, las casas eran
ruinas ennegrecidas. Hasta llegar a Clapham Junction, la cara de Londres estaba sucia con
los restos del humo negro, a pesar de la lluvia, que había caído durante cuarenta y ocho
horas seguidas, y en el empalme estaban reparando las vías, de modo que tuvimos que
tomar por un desvío.
En todo el recorrido desde allí en adelante el país mostrábase cambiado y desconocido.
Wimbledon había sufrido grandes destrozos. Debido a que sus bosques no estaban
quemados, Walton parecía la menos dañada de las poblaciones de la línea. El Wandle, el
Mole y todos los otros arroyos eran una masa de hierba roja; pero los bosques de Surrey
eran demasiado secos para que la extraña vegetación se hubiera arraigado.
Más allá de Wimbledon, en ciertos terrenos plantados, se veían los montones de tierra
desalojada por el sexto cilindro. Gran cantidad de personas rodeaba el pozo, y en su interior
trabajaba un número de zapadores. En lo alto flameaba nuestra bandera, mostrando al sol
sus alegres colores. Los alrededores estaban cubiertos de la vegetación carmesí y sus
reflejos molestaban la vista. Para aliviarme volví los ojos hacia el gris de las cenizas más
cercanas y el azul de las colinas que se elevaban más al este.
Antes de llegar a la estación de Woking nos detuvimos porque estaban reparando las vías,
de modo que descendí en Byfleet y eché a andar por el camino de Maybury, pasando por el
lugar donde el artillero y yo habíamos conversado con los húsares. Después vi el sitio donde
se me apareciera el marciano durante la tormenta. Movido por la curiosidad, salí del camino
para buscar entre los rojos matorrales el cochecillo destrozado y el esqueleto del caballo.
Durante largo rato estuve contemplando estos vestigios...
Después regresé por el bosque de pinos, abriéndome paso por entre la hierba roja, que en
algunas partes me llegaba hasta el cuello. Supe que el dueño de la hostería había sido
sepultado. Seguí luego y pasé por el College Arms, llegando así a mi aldea. Un hombre, que
se hallaba parado a la puerta de un chalet, me saludó al pasar, llamándome por mi nombre.
Miré hacia mi casa con un rayo de esperanza, que se desvaneció de inmediato. La puerta
había sido forzada y se abría lentamente al acercarme yo.
Volvió a cerrarse con fuerza. Las cortinas de mi estudio se agitaron, saliendo por la
ventana abierta desde la que el artillero y yo viéramos llegar el alba. Nadie la había vuelto a
cerrar. Los setos, aplastados, estaban tal como los dejara yo hacía un mes. Entré en el
vestíbulo y comprobé que la casa estaba desierta. La alfombra de la escalera se hallaba
arrugada y descolorida en el sitio donde me había acurrucado yo al entrar empapado
después de la tormenta la noche de la catástrofe. La huella barrosa de nuestros pasos seguía
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marcada en los escalones.
Subí a mi estudio y vi sobre la mesa la hoja de papel que dejara la tarde en que se abrió el
cilindro. Durante un momento me quedé mirando mis abandonadas teorías. Era un ensayo
sobre el probable desarrollo de las ideas morales en relación con el adelanto del proceso
civilizador, y la última frase era el comienzo de una profecía. Había escrito: «Dentro de
doscientos años podemos esperar...»
La frase se cortaba allí. Recordé entonces mi incapacidad de fijar la mente aquella
mañana de un mes atrás y cómo me había interrumpido para ir a comprar el Daily Chronicle.
Recordé cómo había avanzado por el jardín al ver llegar al vendedor y lo que me había dicho
respecto a los «hombres de Marte».
Bajé y fui al comedor. Vi allí la carne y el pan, completamente corrompidos, y una botella
de cerveza caída, tal como la dejáramos el artillero y yo. Mi hogar estaba desierto.
Comprendí lo inadecuado de la esperanza que abrigara tanto tiempo. Y entonces ocurrió una
cosa extraña.
—Es inútil—dijo una voz—. La casa está desierta. No ha habido aquí nadie desde hace
mucho. No te quedes aquí para sufrir. Sólo tú te salvaste.
Me sobresalté. ¿Es que había expresado en voz alta mis pensamientos? Me volví, viendo
que la puerta vidriera estaba abierta. Di un paso hacia ella y miré al exterior.
Y allí, asombrados y temerosos, tal como me sentía yo, se encontraban mi primo y mi
esposa. Ella lanzó un grito ahogado.
—Vine—dijo—. Sabía... Sabía...
Se llevó una mano a la garganta y la vi tambalearse. De un salto estuve a su lado
tomándola en mis brazos.

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - LIBRO 2 - PARTE 10




10 - EPILOGO
Ahora, que estoy concluyendo mi relato, no puedo menos que lamentar lo poco que puedo
agregar a los muchos puntos que quedan todavía sin aclarar. En un sentido es seguro que se
me criticará. Mi especialidad es la filosofía especulativa. Mis conocimientos de la fisiología
comparada se limitan a la lectura de uno o dos libros; pero me parece que las sugestiones de
Carver con respecto a la razón de la rápida muerte de los marcianos es tan probable como
para ser considerada como una conclusión demostrada. Así lo he dado por supuesto en mi
narración.
Sea como fuere, en todos los cadáveres de los marcianos que se examinaron después de
la guerra no se encontró ninguna bacteria que no perteneciera a las especies terrestres
conocidas. El hecho de que no enterraran a sus muertos y las matanzas que perpetraron
indican también que ignoraban por completo la existencia del proceso putrefactivo. No
obstante, aunque esto parece muy probable, no se ha llegado a demostrar
concluyentemente.
Tampoco se conoce la composición del humo negro, que emplearon los marcianos con
efectos tan fatales, y el generador del rayo calórico sigue siendo un enigma. Los terribles
desastres de los laboratorios de Ealing y South Kesington han quitado a los expertos el deseo
de seguir investigando el aparato. Los análisis del espectro del polvo negro indican, sin lugar
a dudas, la presencia de un grupo de tres líneas brillantes en el verde, y es posible que se
combine con el argón para formar una sustancia que obra con efecto inmediato y fatal sobre
algunos de los constituyentes de la sangre. Pero tales especulaciones vagas interesarán muy
poco al lector general, para quien he escrito esta historia. En el momento oportuno no se
analizó la escoria de color pardo que flotó por el Támesis, después de la destrucción de
Shepperton, y ahora ya ha desaparecido por completo.
Ya he incluido el resultado del examen anatómico que se efectuó con los restos de los
marcianos que dejaron intactos los perros. Pero todos conocen el magnífico ejemplar, casi
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completo, que se conserva en alcohol en el Museo de Historia Natural, así como también los
incontables dibujos que se hicieron del mismo, y aparte de eso, el interés sobre su fisiología y
estructura es puramente científico.
Una cuestión de más grave interés universal es la posibilidad de otro ataque por parte de
los marcianos. No creo que se haya prestado la suficiente atención a ese aspecto del asunto.
Por ahora, el planeta Marte se halla en su punto más alejado de la Tierra; pero cada vez que
se acerque temeré que se renueve su aventura. Sea como fuere, deberíamos prepararnos.
Me parece que sería posible ubicar la situación del cañón que efectúa los disparos, mantener
una vigilancia constante sobre esa parte del planeta y prever la llegada del próximo ataque.
En tal caso podría destruirse el cilindro con dinamita o a cañonazos antes que se enfriara
lo suficiente como para que salieran sus ocupantes o matar a éstos a balazos tan pronto se
abriera la tapa del proyectil. Es mi opinión que han perdido una gran ventaja al fracasar en su
primer ataque por sorpresa. Posiblemente lo vean ellos de igual manera.
Lessing ha expresado excelentes razones para suponer que los marcianos han logrado
llegar hasta el planeta Venus. Hace ya siete meses que Venus y Marte estaban alineados
con el sol, es decir, que Marte se hallaba en oposición, desde el punto de vista de un
observador, de Venus. Después apareció una marca sinuosa y de gran luminosidad en la
parte oscura del planeta interior, y casi al mismo tiempo se descubrió una marca oscura,
similarmente sinuosa, en una fotografía del disco marciano. Sólo es necesario ver los dibujos
que las representan para comprender perfectamente su extraordinaria semejanza.
Sea como fuere, esperemos o no una invasión, estos acontecimientos han de cambiar
nuestros puntos de vista con respecto al porvenir de los humanos. Ahora sabemos que no
podemos considerar a este planeta como completamente seguro para el hombre; jamás
podremos prever el mal o el bien invisibles que pueden llegarnos súbitamente desde el
espacio. Es posible que la invasión de los marcianos resulte, al fin, beneficiosa para nosotros;
por lo menos, nos ha robado aquella serena confianza en el futuro, que es la más segura
fuente de decadencia. Los regalos que ha hecho a la ciencia humana son extraordinarios, y
otro de sus dones fue una nueva concepción del bien común.
Puede ser que a través de la inmensidad del espacio los marcianos hayan observado el
destino corrido por sus primeros colonizadores y hayan aprendido la lección. También es
posible que en el planeta Venus encontraran un terreno más acogedor para ellos. Fuera lo
que fuese, durante muchos años seguiremos observando con ansiedad el disco marciano, y
esos dardos del cielo que llamamos estrellas fugaces provocarán siempre un
estremecimiento a todos los habitantes de este planeta.
No sería una exageración afirmar que los puntos de vista de los hombres se han ampliado
considerablemente. Antes que cayera el cilindro existía la creencia general de que en toda la
inmensidad del espacio no había otra vida que la de nuestra diminuta esfera. Ahora vemos
las cosas con más claridad. Si los marcianos pueden llegar a Venus, no hay razón para
suponer que la hazaña sea imposible para el hombre, y cuando el lento enfriamiento del sol
torne inhabitable esta Tierra, como ha de suceder, sin duda alguna, es posible que el hilo de
vida que nació aquí pueda extenderse y apresar dentro de sus lazos a nuestros hermanos del
sistema solar. ¿Llegaremos a efectuar la conquista?
Vaga y maravillosa es la visión que he conjurado en mi mente sobre la vida que se
extienda desde esta sementera del sistema planetario para llegar a todos los rincones del
infinito espacio sideral. Pero es un sueño muy remoto. Podría ser, por otra parte, que la
destrucción de los marcianos sea sólo un intervalo de respiro. Quizá el futuro les pertenezca
a ellos y no a nosotros.
Debo confesar que el peligro y las penurias sufridas han dejado en mi mente la duda y el
temor a la inseguridad. Sentado en mi estudio, escribiendo a la luz de la lámpara, veo de
pronto que el valle de abajo está envuelto en llamas y siento como si la casa a mi alrededor
estuviera desierta. Salgo a Byfleet Road, por donde pasan los vehículos de los visitantes, un
carnicero con su carro, un obrero en su bicicleta, niños que van a la escuela, y súbitamente
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se tornan todos vagos e irreales ante mis ojos, y de nuevo corro con el artillero por el campo
envuelto en el silencio.
De noche veo el polvo negro, que oscurece las calles silenciosas, y descubro los
cadáveres que cubre aquella negra mortaja; se levantan ante mí hechos jirones y mordidos
por los perros. Charlan con voces fantasmales y se tornan fieros, más pálidos, más
desagradables, llegando, al fin, a ser fantásticas parodias de seres humanos. Despierto
entonces, frío y amedrentado, en la oscuridad de mi cuarto.
Voy a Londres, veo las multitudes que llenan la calle Fleet y el Strand, y se me ocurre que
son espectros del pasado que pululan por las arterias que he visto yo silenciosas y
abandonadas; fantasmas en una ciudad muerta, imitación de vida en un cuerpo galvanizado.
Y también me resulta extraño pararme en Primrose Hill, como lo hice el día antes de
escribir este último capítulo, y ver el gran conjunto de edificios apenas dibujados tras el humo
y la niebla, descubrir a la gente que camina de un lado a otro entre los macizos de flores de la
cuesta, contemplar a los curiosos que rodean la máquina marciana que todavía se encuentra
allí, oír las voces de los niños que juegan y recordar la vez que lo vi todo con claridad y en
detalle, desnudo y silencioso, al amanecer aquel último día de gloria...
Y lo más extraño es tener de nuevo entre las mías la mano de mi esposa y pensar
que la supuse muerta, como ella me contó también entre las víctimas.
FIN