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jueves, 14 de octubre de 2010

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - LIBRO 1 - PARTE 10


10 - DURANTE LA TORMENTA
Leatherhead está a unas doce millas de Maybury Hill. El aroma del heno predominaba
en el aire cuando llegamos a las praderas de más allá de Pyrford, y en los setos de
ambos lados del camino veíanse multitudes de rosas silvestres. Los disparos, que
empezaban mientras salíamos de Maybury Hill, cesaron tan bruscamente como se
iniciaron y la noche estaba ahora tranquila y silenciosa. Llegamos a Leatherhead
alrededor de las nueve y el caballo descansó una hora mientras cenaba yo con mis
primos y les recomendaba el cuidado de mi esposa.
Ella guardó silencio durante el viaje y la vi preocupada y llena de aprensión. Traté de
tranquilizarla diciéndole que los marcianos estaban condenados a quedarse en el pozo a
causa de su pesadez y que lo más que podían hacer era arrastrarse apenas unos
metros fuera del agujero. Pero ella me contestó con monosílabos. De no haber sido por la
promesa que hiciera al posadero, creo que me habría obligado a quedarme aquella
noche con ella. ¡Ojalá lo hubiera hecho! Recuerdo que estaba muy pálida cuando nos
separamos.
Por mi parte, todo ese día había estado bajo los efectos de una gran excitación. Me
dominaba algo muy semejante a la fiebre de la guerra, que ocasionalmente hace presa
de algunas comunidades civilizadas, y en mi fuero interno no lamentaba mucho tener
que volver a Maybury aquella noche. Hasta temí que los últimos disparos significaran la
exterminación de los invasores. Sólo puedo expresar mi estado de ánimo diciendo que
deseaba participar del momento triunfal.
Eran casi las once cuando inicié el regreso. La noche se tornó muy oscura para mí,
que salía de una casa iluminada, y el calor reinante era opresivo. En lo alto pasaban
raudas las nubes, aunque ni un soplo de brisa agitaba los setos a nuestro alrededor. El
criado de mis primos encendió las lámparas del coche. Por suerte conocía yo muy bien
el camino.
Mi esposa quedóse a la luz de la puerta y me observó hasta que subí al carruaje.
Después giró sobre sus talones y entró, dejando allí a mis primos, que me desearon
buen viaje.
Al principio me sentí algo deprimido al pensar en los temores de mi esposa; pero muy
pronto me puse a pensar en los marcianos. En aquel entonces ignoraba yo la marcha de
la contienda de aquella noche. Ni siquiera conocía las circunstancias que habían
precipitado el conflicto.
Al cruzar por Ockham vi en el horizonte occidental un resplandor rojo sangre, que al
acercarme más se fue extendiendo por el cielo. Las nubes de la tormenta que se
avecinaba se mezclaron entonces con las masas de humo negro y rojo.
Ripley Street estaba desierto, y salvo una que otra ventana iluminada, la aldea no
daba señales de vida; no obstante, a duras penas evité un accidente en la esquina del
camino de Pyrford, donde se hallaba reunido un grupo de personas que me daba la
espalda.
No me dijeron nada al pasar yo. No sé lo que sabían respecto a los acontecimientos
del momento e ignoro si en esas casas silenciosas frente a las que pasé se hallaban los
ocupantes durmiendo tranquilamente o se habían ido todos para presenciar los terrores
de la noche.
Desde Ripley hasta que pasé por Pyrford estuve en el valle del Wey y desde allí no
pude ver el resplandor rojizo. Al ascender la colina que hay más allá de la iglesia de
Pyrford, el resplandor estuvo de nuevo a mi vista y los árboles de mi alrededor
temblaban con los primeros soplos de viento que traía la tormenta. Después oí dar las
doce en el campanario del templo, que dejaba atrás, y luego avisté los contornos de
Maybury HUÍ, con sus árboles y techos recortándose claramente contra el fondo rojo del
cielo.
En el momento mismo en que veía esto, un resplandor verdoso iluminó el camino,
poniendo de relieve el bosque que se extendía hacia Addlestone. Sentí un tirón de las
riendas y vi entonces que las nubes se habían apartado para dejar paso a un destello
de fuego verdoso, que iluminó vivamente el cielo y los campos a mi izquierda. ¡Era la
tercera estrella que caía!
Inmediatamente después se iniciaron los primeros relámpagos de la tormenta y el
trueno comenzó a hacerse oír desde lo alto. El caballo mordió el freno y echó a correr
como enloquecido.
Una cuesta suave corre hacia el pie de Maybury HUÍ, y por allí descendimos. Una vez
que se iniciaron los relámpagos, éstos se sucedieron unos tras otros con su
correspondiente acompañamiento de truenos. Los destellos eran cegadores y dificultó
más mi situación el hecho de que empezó a caer un granizo que me golpeó la cara con
fuerza.
De momento no vi más que el camino que tenía delante; pero de pronto me llamó la
atención algo que se movía rápidamente por la otra cuesta de Maybury HUÍ. Al principio
lo tomé por el techo mojado de una casa, pero uno de los relámpagos lo iluminó y pude
ver que se movía bamboleándose. Fue una visión fugaz, un movimiento confuso en la
oscuridad, y luego otro relámpago volvió a brillar y pude ver el objeto con perfecta
claridad.
¿Cómo podría describirlo? Era un trípode monstruoso, más alto que muchas casas, y
que pasaba sobre los pinos y los aplastaba en su carrera; una máquina andante de
metal reluciente, que avanzaba ahora por entre los brezos; de la misma colgaban
cuerdas de acero articuladas y el ruido tumultuoso de su andar se mezclaba con el
rugido de los truenos.
Un relámpago, y se destacó vividamente, con dos pies en el aire, para desvanecerse
y reaparecer casi instantáneamente cien metros más adelante cuando brilló el siguiente
relámpago. ¿Puede el lector imaginar un gigantesco banco de ordeñar que marche
rápidamente por el campo? Tal fue la impresión que tuve en esos momentos.
Súbitamente se apartaron los árboles del bosque que tenía delante. Fueron
arrancados y arrojados a cierta distancia y después apareció otro enorme trípode, que
corría directamente hacia mí.
Al ver al segundo monstruo perdí por completo el valor. Sin lanzar otra mirada desvié
el caballo hacia la derecha y un momento después volcaba el coche. Las varas se
rompieron ruidosamente y yo me vi arrojado hacia un charco lleno de agua.
Salí del charco casi inmediatamente y me quedé agazapado detrás de un matorral. El
caballo yacía muerto y a la luz de los relámpagos vi el coche volcado y la silueta de
una rueda que giraba con lentitud. Un momento después pasó por mi lado el
mecanismo colosal y siguió cuesta arriba en dirección a Pyrford.
Visto de más cerca, el artefacto resultaba increíblemente extraño, pues noté entonces
que no era un simple aparato que marchara a ciegas. Era, sí, una máquina y
resonaba metálicamente al avanzar, mientras que sus largos tentáculos flexibles (uno
de los cuales asía el tronco de un pino) se mecían a sus costados.
Iba eligiendo su camino al avanzar y el capuchón color de bronce que la
remataba se movía de un lado a otro como si fuera una cabeza que se volviera para
mirar a su alrededor. Detrás del cuerpo principal había un objeto enorme de metal
blanco, como un gigantesco canasto de pescador, y un humo verdoso salía de las
uniones de los miembros al andar el monstruo. Un momento después desapareció de mi
vista.
Esto es lo que vi entonces y fue todo muy vago e impreciso.
Al pasar lanzó un aullido ensordecedor, que ahogó el retumbar de los truenos. Sonaba
como: «¡Alú! ¡Alú!» Un momento más tarde estaba con su compañero, a media milla de
distancia, y agachándose sobre algo que había en el campo. Estoy seguro de que ese
objeto al que prestaron su atención era el tercero de los diez cilindros que dispararon
contra nosotros desde Marte.
Durante varios minutos estuve allí agazapado, observando a la luz intermitente de los
relámpagos a aquellos seres monstruosos que se movían a distancia. Comenzaba a
caer una llovizna fina y debido a esto noté que sus figuras desaparecían por
momentos para reaparecer luego. De cuando en cuando cesaban los destellos en el
cielo y la noche volvía a tragarlos.
Estaba yo completamente empapado y pasó largo rato antes que mi asombro me
permitiera reaccionar lo suficiente como para subir a terreno más alto y seco.
No muy lejos de mí vi una choza rodeada por un huerto de patatas. Corrí hacia
ella en busca de refugio y llamé a la puerta, mas no obtuve respuesta alguna. Desistí
entonces, y aprovechando la zanja al costado del camino logré alejarme sin que me
vieran los monstruos y llegar al bosque de pinos.
Protegido ya entre los árboles continué andando en dirección a mi casa. Reinaba allí
una oscuridad completa, pues los relámpagos eran ahora mucho menos frecuentes, y la
lluvia, que caía a torrentes, formaba una cortina a mi alrededor.
Si hubiera comprendido el significado de todo lo que acababa de ver, de inmediato
me hubiese vuelto por Byflett hasta Street Cobham y de allí a Leatherhead a unirme
con mi esposa.
Tenía la vaga idea de ir a mi casa y eso fue todo lo que me interesó. Anduve a
tropezones por entre los árboles, caí en una zanja y me golpeé contra las tablas para
llegar, finalmente, al caminillo del College Arms.
En medio de la oscuridad se tropezó conmigo un hombre y me hizo retroceder. El
pobre individuo profirió un grito de terror, saltó hacia un costado y echó a correr antes
que me recobrase yo lo suficiente como para dirigirle la palabra. Tan fuerte era la
tormenta, que me costó muchísimo ascender la cuesta. Me acerqué a la cerca de la
izquierda y fui agarrándome a los postes para poder subir.
Cerca de la cima tropecé con algo blando y a la luz de un relámpago vi entre mis
pies un trozo de género y un par de zapatos. Antes que pudiera percibir bien cómo
estaba tendido el hombre, volvió a reinar la oscuridad.
Me quedé parado sobre él esperando el relámpago siguiente. Cuando brilló la luz vi
que era un hombre fornido que vestía pobremente; tenía la cabeza doblada bajo el
cuerpo y estaba tendido al lado de la cerca, como si hubiera sido arrojado hacia ella con
tremenda violencia.
Venciendo la repugnancia natural de quien no ha tocado nunca un cadáver, me
agaché y le volví para tocarle el pecho. Estaba muerto. Aparentemente, se había
desnucado.
Volvió a brillar el relámpago y al verle la cara me levanté de un salto. Era el posadero
del «Perro Manchado», a quien alquilara el coche.
Pasé sobre él y continué cuesta arriba, pasando por la comisaría y el College Arms
para ir a mi casa. No ardía nada en la ladera, aunque sobre el campo comunal se veía
aún el resplandor rojizo y las espesas nubes de humo. Según vi a la luz de los
relámpagos, la mayoría de las casas de los alrededores estaban intactas. Cerca del
College Arms descubrí un bulto negro que yacía en medio del camino.
Camino abajo, en dirección al puente de Maybury, ¡resonaban voces y pasos, mas no
tuve el coraje de gritar
casa, eché llave a la puerta y avancé tambaleante hasta el pie de la escalera,
sentándome en el último escalón. No hacía más que pensar en los monstruos
metálicos y en el cadáver aplastado contra la cerca.
Me acurruqué allí con la espalda contra la pared y me estremecí violentamente.
> para atraer la atención de los que fueran. Entré en mi!

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - LIBRO 1 - PARTE 11


H.G.WELLS
11 - DESDE LA VENTANA
Ya he aclarado que mis emociones suelen agotarse por sí solas. Al cabo de un
tiempo descubrí que estaba mojado y sentía frío, mientras que a mis pies se habían
formado charcos de agua. Me levanté casi mecánicamente, entré en el comedor para
—Sólo Dios lo sabe.
—¿Quiere esconderse?
—Así es.
—Entre entonces—le dije.
Bajé, abrí la puerta, le hice pasar y volví a echar la llave. No pude verle la cara. No
llevaba gorra y tenía la chaqueta abierta.
—¡Dios mío!—exclamó al entrar.
—¿Qué pasó?
—Pregúnteme qué es lo que no pasó—dijo, y vi en la penumbra que hacía un gesto de
desesperación—. Nos barrieron por completo.
Repitió esta última frase una y otra vez.
Me siguió luego hacia el comedor.
—Tome un poco de whisky—le dije sirviéndole una copa llena.
La bebió de un sorbo y se sentó a la mesa. Poniendo la cabeza sobre los brazos
rompió a llorar como un niño, mientras que yo, olvidando mi desesperación reciente, le
miraba sorprendido.
Pasó largo rato antes que pudiera calmar sus nervios y responder a mis preguntas, y
entonces me contestó de manera entrecortada y en tono perplejo. Era artillero y
había entrado en acción a eso de las siete. A esa hora ya se efectuaban disparos en el
campo comunal y decíase que el primer grupo de marcianos se arrastraba lentamente
hacia el segundo cilindro protegiéndose bajo un caparazón de metal.
Algo más tarde, el caparazón se paró sobre sus patas a manera de trípode y
convirtióse en la primera de las máquinas que viera yo. El cañón que servía el soldado
quedó ubicado cerca de Horsell, a fin de dominar con él los arenales, y su llegada
había precipitado los acontecimientos. Cuando los artilleros se disponían a entrar en
funciones, su caballo metió una pata en una conejera y lo arrojó a una depresión del
terreno. Al mismo tiempo estalló el cañón
rodeó el fuego, mientras que él se encontró tendido bajo un montón de hombres y
caballos muertos.
—Me quedé quieto—manifestó—. El miedo me había atontado y tenía encima el cuarto
delantero de un caballo. Nos habían barrido por completo. El olor... ¡Dios mío! Era
como de carne asada. La caída me lastimó la espalda y tuve que quedarme tendido
hasta que se me pasó el dolor. Un momento antes habíamos estado como en un desfile
y de pronto se fue todo al demonio.
Habíase escondido debajo del caballo muerto durante largo tiempo, espiando de
cuando en cuando. Los soldados del cuerpo de Cardigan habían intentado efectuar una
avanzada en formación de escaramuza, pero fueron exterminados todos desde el pozo.
Luego se levantó el monstruo y comenzó a caminar lentamente de un lado a otro del
campo comunal, entre los pocos supervivientes, dando vuelta el capuchón tal como si
fuera la cabeza de un ser humano. En uno de sus tentáculos metálicos llevaba un
complicado aparato del que salían destellos verdosos y por cuyo tubo proyectaba el
rayo calórico.
Según me contó el soldado, en pocos minutos no quedó un alma viviente en el
campo y todos los matorrales y árboles que no estaban ya quemados se convirtieron
en una pira ardiente. Los húsares se hallaban tras una curva del camino y no los vio.
Oyó durante un rato el tableteo de las ametralladoras, pero luego cesaron los disparos.
El gigante dejó para el final la estación Woking y las casas que la rodeaban. Entonces
proyectó su rayo calórico y la aldea se convirtió en un montón de ruinas llameantes.
Después dio la espalda al artillero y se fue hacia el bosque de pinos, en que se hallaba el
segundo cilindro. Un segundo gigante salió entonces del pozo y siguió al primero.
El artillero se arrastró por los brezos calientes en dirección a Horsell, logró llegar con
vida hasta la zanja que bordea el camino y así consiguió escapar de Woking. Me explicó
a. sus espaldas, volaron las municiones y le
que allí quedaban algunos hombres con vida, muchos de ellos con quemaduras y todos
aterrorizados. El fuego le obligó a dar un rodeo y tuvo que esconderse entre los restos
recalentados de una pared al volver uno de los marcianos. Vio que el monstruo
perseguía a un hombre, lo tomaba con uno de sus tentáculos metálicos y le destrozaba
la cabeza contra un árbol. Al fin, después que cayó la noche, el artillero echó a correr y
pudo cruzar el terraplén ferroviario.
Desde entonces estuvo caminando hacia Maybury con la esperanza de escapar del
peligro y dirigirse a Londres. La gente se ocultaba en zanjas y sótanos y muchos de los
sobrevivientes habíanse ido a Woking y Send. La sed le hizo sufrir mucho hasta que
halló un caño de agua corriente que estaba roto y del cual salía el líquido como de un
manantial.
Esto fue lo que me contó de manera fragmentaria. El artillero se calmó gradualmente
mientras me relataba sus aventuras. No había comido nada desde mediodía, de modo
que fui
No encendimos luz por temor de atraer a los marcianos, de modo que tuvimos que
comer a oscuras. Mientras hablaba él comenzaron a disiparse las sombras y poco a
poco pudimos distinguir los setos pisoteados y los rosales en ruinas del jardín. Parecía
que un número de hombres o animales había cruzado el lugar a la carrera. Me fue
posible ver el rostro ennegrecido y macilento de mi compañero.
Cuando terminamos de comer subimos a mi estudio y de nuevo miré yo por la
ventana. En una noche se había convertido el valle en un campo de cenizas. Ya no
ardían tanto los fuegos. Donde antes había llamas ahora se veían columnas de humo;
pero las innumerables ruinas de casas derruidas y árboles arrancados y consumidos
por las llamas, que antes estuvieran ocultos por las sombras de la noche, ahora
mostrábanse con aspecto terrible a la luz cruel del amanecer. No obstante, aquí y allá
veíase algo que había escapado de la destrucción: una señal ferroviaria por aquí, el
extremo de un invernadero por allá y algunas otras cosas. Jamás en la historia de la
guerra habíase efectuado destrucción semejante. Y brillando a la luz creciente del
oriente vi a tres de los gigantes metálicos parados cerca del pozo, con sus capuchones
rotando como si inspeccionaran la desolación de que fueran causa.
Me pareció que el pozo se había agrandado y a cada momento salía del interior una
nube de vapor verdoso que se elevaba hacia el cielo.
Más allá se destacaban las llamaradas procedentes de Chobham, que con las
primeras luces del alba se convirtieron en grandes nubes de humo teñidas de rojo.
a buscar un poco de carne y pan a la alacena y puse todo sobre la mesa.
beber un poco de whisky y después fui a cambiarme de ropa.
Hecho esto subí a mi estudio, aunque no sé por qué fui allí. Desde la ventana de
esa estancia se divisa el campo comunal de Horsell sobre los árboles y el ferrocarril. En
el apresuramiento de nuestra partida la habíamos dejado abierta. Al llegar a la puerta
me detuve y miré con atención la escena enmarcada en la abertura de la ventana.
Había pasado la tormenta. No existían ya las torres del colegio «Oriental» ni los
pinos de su alrededor, y muy lejos, iluminado por un vivido resplandor rojizo, se veía
perfectamente el campo que rodeaba los arenales. Sobre el fondo luminoso se veían
moverse enormes formas negras extrañas y grotescas.
Parecía, en verdad, como si toda la región de aquel lado estuviera quemándose y
las llamas se agitaban con las ráfagas de viento y proyectaban sus luces sobre las
nubes. De cuando en cuando pasaba frente a la ventana una columna de humo, que
ocultaba a los marcianos. No pude ver lo que hacían ni divisarlos a ellos con claridad,
como tampoco me fue posible reconocer los objetos negros con que trabajaban.
Cerré la puerta con suavidad y avancé hacia la ventana. Al hacer esto se amplió mi
campo visual hasta que por un lado pude percibir las casas de Woking, y del otro, los
bosques ennegrecidos de Byfleet. Había una luz cerca del arco del ferrocarril y varias de
las casas del camino de Maybury y de las calles próximas a la estación estaban en
ruinas. Al principio me intrigó lo que vi en los rieles, pues era un rectángulo negro y un
resplandor muy vivido, así como también una hilera de rectángulos amarillentos.
Después noté que era un tren volcado, cuya parte anterior estaba destrozada y era
presa de las llamas, mientras que los vagones posteriores continuaban aún sobre las
vías.
Entre estos tres centros principales de luz, la casa, el tren y el campo incendiado en
dirección a Chobham, se extendían trechos irregulares de lugares oscuros,
interrumpidos aquí y allá por los rescoldos de los brezos aún humeantes.
Al principio no puede ver a ningún ser humano, aunque agucé la vista en todo
momento. Más tarde vi contra la luz de la estación Woking un número de figuras negras
que corrían una tras otra.
¡Y éste era el pequeño mundo en el que había vivido tranquilamente durante años!
¡Este caos de muerte y fuego! Aún ignoraba lo ocurrido en las últimas siete horas y no
conocía, aunque ya comenzaba a sospecharlo, qué relación había entre esos colosos
mecánicos y los torpes seres que viera salir del cilindro.
Con una extraña impresión de interés objetivo volví mi sillón hacia la ventana, tomé
asiento y me puse a mirar hacia el exterior, fijándome especialmente en los tres gigantes
negros que iban de un lado a otro entre el resplandor que iluminaba los arenales.
Parecían estar notablemente ocupados y me pregunté qué serían. ¿Mecanismos
inteligentes? Me dije que tal cosa era imposible. ¿O habría un marciano dentro de
cada uno, dirigiendo al gigante tal como el cerebro de un hombre dirige el cuerpo?
Comencé a comparar los colosos con las máquinas construidas por los hombres, y me
pregunté, por primera vez en mi vida, qué parecerían a un animal nuestros acorazados o
nuestras locomotoras.
Ya se había aclarado el cielo al descargarse la tormenta y sobre el humo que se
elevaba de la tierra ardiente podía verse el punto luminoso de Marte que declinaba
hacia occidente. En ese momento entró un soldado en mi jardín. Oí un ruido en la
cerca y, saliendo de mi abstracción, miré hacia abajo y le vi trepar sobre las tablas. Al ver
a otro ser humano salí de mi letargo y me incliné sobre el alféizar.
—¡Oiga!—llamé en voz baja.
El otro se detuvo sobre la cerca. Luego pasó al jardín y. cruzó hacia la casa.
—¿Quién es?—dijo en tono quedo, y miró hacia la ventana.
—¿Dónde va usted?—le pregunté.

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - LIBRO 1 - PARTE 12



12 - LA DESTRUCCIÓN DE WEYBRIDGE Y SHEPPERTON
Al acrecentarse la luz del día nos alejamos de la ventana, desde la que habíamos
observado a los marcianos, y descendimos a la planta baja.
El artillero concordó conmigo que no era conveniente permanecer en la casa. Tenía
pensado seguir viaje hacia Londres y unirse de nuevo a su batería, que era la número
doce de la Artillería Montada. Por mi parte, yo me proponía regresar de inmediato a
Leatherhead, y tanto me había impresionado el poder destructivo de los marcianos, que
decidí llevar a mi esposa a Newhaven y salir con ella del país. Ya me daba cuenta de
que la región cercana a Londres debía ser por fuerza el escenario de una guerra
desastrosa antes que se pudiera terminar con los monstruos.
Pero entre nosotros y Leatherhead se hallaba el tercer cilindro con los gigantes
que lo guardaban. De haber estado solo creo que hubiera corrido el riesgo de cruzar
por allí. Pero el artillero me disuadió.
—No estaría bien que dejara viuda a su esposa—me dijo.
Al fin accedí a ir con él por entre los bosques hasta Street Chobham, donde nos
separaríamos. Desde allí trataría yo de dar un rodeo por Epsom hasta llegar a
Leatherhead.
Debí haber partido en seguida; pero mi compañero era hombre ducho en esas cosas y
me hizo buscar un frasco, que llenó de whisky. Después nos llenamos los bolsillos con
bizcochos y trozos de carne.
Salimos al fin de la casa y corrimos lo más rápidamente posible por el camino por el
que viniera yo durante la noche. Las casas parecían abandonadas. En el camino vimos
un grupo de tres cadáveres carbonizados por el rayo calórico y aquí y allá
encontramos cosas que había dejado caer la gente en su huida: un reloj, una chinela,
una cuchara de plata y otros objetos por el estilo. En la esquina del correo había un
carrito con una rueda rota y cargado de cajas y muebles. Entre los restos descubrimos
una caja para guardar dinero que había sido forzada.
Excepción hecha del orfanato, que todavía estaba quemándose, ninguna de las casas
había sufrido mucho en esa parte. El rayo calórico había tocado la parte superior de las
chimeneas y pasado de largo. Pero, salvo nosotros, no parecía haber un alma viviente
en Maybury Hill. La mayoría de los habitantes habían huido o estaban ocultos.
Descendimos por el sendero, pasando junto al cuerpo del hombre vestido de negro y
empapado ahora a causa de la lluvia de la noche. Al fin entramos en el bosque al pie
de la cuesta. Por allí avanzamos hasta el ferrocarril sin encontrar a nadie. El bosque del
otro lado de los rieles estaba en ruinas: la mayoría de los árboles habían caído, aunque
aún quedaban algunos que elevaban hacia el cielo sus troncos desnudos y
ennegrecidos.
Por nuestro lado, el fuego no había hecho más que chamuscar los árboles más
próximos sin extenderse mucho. En un sitio vimos que los leñadores habían estado
trabajando el sábado; en un claro había troncos aserrados formando pilas, así como
también una sierra con su máquina de vapor. No muy lejos se veía una choza
improvisada.
No soplaba viento aquella mañana y reinaba un silencio extraordinario. Hasta los
pájaros callaban, y nosotros, al avanzar, hablábamos en voz muy baja, mirando a cada
momento sobre nuestros hombros. Una o dos veces nos detuvimos para escuchar.
Al cabo de un tiempo nos acercamos al camino y oímos ruido de cascos. Vimos
entonces por entre los árboles a tres soldados de caballería que cabalgaban
lentamente hacia Woking. Los llamamos y se detuvieron para esperarnos. Eran un
teniente y dos reclutas del octavo de húsares, que llevaban un heliógrafo.
—Son ustedes los primeros hombres que vemos por aquí esta mañana—expresó
el teniente—. ¿Qué pasa?
Su voz y su expresión denotaban entusiasmo. Los dos soldados miraban con
curiosidad. El artillero saltó al camino y se cuadró militarmente.
—Anoche quedó destruido nuestro cañón, señor. Yo me estuve ocultando y ahora
iba en busca de mi batería. Creo que avistará a los marcianos a media milla de
aquí.
—¿Qué aspecto tienen?—inquirió el teniente.
—Son gigantes con armaduras, señor. Miden treinta metros; tienen tres patas y un
cuerpo como de aluminio, con una gran cabeza cubierta por una especie de
capuchón.
—¡Vamos, vamos!—exclamó el oficial—. ¡Qué tontería!
—Ya verá usted, señor. Llevan una caja que dispara fuego y mata a todo el
mundo.
—¿Un arma de fuego?
—No, señor—repuso el artillero, y describió vividamente el rayo calórico.
El teniente le interrumpió en mitad de su explicación y me dirigió una mirada. Yo
me hallaba todavía a un costado del camino.
—¿Lo vio usted?—me preguntó el oficial.
—Es la verdad—contesté.
—Bien, supongo que también tendré que verlo yo —volvióse hacia el artillero—:
Nosotros tenemos orden de hacer salir a la gente de sus casas. Siga usted su
camino y preséntese al brigadier general Marvin. Dígale a él todo lo que sabe. Está
en Weybridge. ¿Conoce el camino?
—Lo conozco yo—intervine. Él volvió de nuevo su caballo hacia el sur. —¿Media
milla dijo?—preguntó. —Más o menos—le indiqué hacia el sur con la mano.
Él me dio las gracias, partió con sus soldados y no volvimos a verlos más.
Algo más adelante nos encontramos en el camino con un grupo de tres mujeres y
dos niños, que estaban desocupando una casucha. Habíanse provisto de un carrito
de mano y lo cargaban con toda clase de atados y muebles viejos. Estaban
demasiado atareados para dirigirnos la palabra cuando pasamos.
Cerca de la estación Byfleet salimos de entre los pinos y vimos que reinaba la
calma en la campiña. Estábamos muy lejos del alcance del rayo calórico, y de no
haber sido por las casas abandonadas y el grupo de soldados de pie en el puente
ferroviario, el día nos habría parecido corno cualquier otro domingo.
Varios carros avanzaban rechinantes por el camino de Addlestone, y de pronto
vimos por un portón que daba a un campo seis cañones de doce libras situados a
igual distancia uno de otro y apuntando hacia Woking. Los artilleros estaban
esperando junto a los cañones y los carros de municiones se hallaban a poca
distancia de ellos. —Así me gusta—dije—. Por lo menos, harán blanco una vez. El
artillero se paró un momento junto al portón.
—Seguiré viaje—dijo.
Más adelante, en camino hacia Weybridge y al otro lado del puente, había un
número de reclutas que estaban haciendo un largo terraplén, tras del cual vimos más
cañones.
—Arcos y flechas contra el rayo—comentó el artillero—. Todavía no he visto ese
rayo de fuego.
Los oficiales que no estaban ocupados miraban hacia el sur con atención y los
soldados interrumpían a veces su labor para mirar en la misma dirección.
En Byfleet reinaba el mayor desorden. La gente empacaba sus efectos, y una
veintena de húsares, algunos desmontados y otros a caballo, llamaban a las puertas
para advertir a todos que desocuparan sus casas. En la calle de la villa estaban
cargando tres o cuatro carretones del gobierno y un viejo ómnibus, así como también
otros vehículos. Había mucha gente y la mayor parte vestía sus ropas domingueras.
A los soldados les costaba mucho hacerles comprender la gravedad de la situación.
Vimos a un anciano con una enorme caja y una veintena o más de tiestos de
orquídeas. El viejo reñía al cabo que se negaba a cargar sus tesoros. Yo me detuve
y le tomé del brazo.
—¿Sabe lo que hay allá?—le dije indicando hacia los pinos que ocultaban a los
marcianos.
—¿Eh?—exclamó volviéndose—. Estaba explicando al cabo que estas flores son
valiosas. —¡La muerte!—le grité—. ¡Llega la muerte! ¡La muerte! Y dejándole que lo
entendiera, si le era posible, seguí tras del artillero. Al llegar a la esquina volví la
cabeza. El soldado habíase apartado y el anciano seguía junto a sus orquídeas,
mientras que miraba perplejo hacia los árboles.
En Weybridge nadie pudo decirnos dónde estaba el cuartel general. En el pueblo
reinaba la mayor confusión. Por todas partes se veían vehículos de lo más variados.
Los habitantes del lugar empacaban sus cosas con la ayuda de la gente del río.
Mientras tanto, el vicario celebraba una misa temprana y su campana se hacía oír
a cada momento.
El artillero y yo nos sentamos junto a la fuente y comimos lo que llevábamos
encima. Patrullas de granaderos vestidos de blanco advertían al pueblo que se
fueran o se refugiaran en sus sótanos tan pronto como comenzaran los disparos.
Al cruzar el puente ferroviario vimos que se había reunido gran cantidad de
personas en la estación y sus alrededores y el andén estaba atestado de cajas y
paquetes. Creo que se había detenido el tránsito ordinario de trenes para dar paso a
las tropas y cañones de Chertsey. Después me enteré que se libró una verdadera
batalla para conseguir entrar en los trenes especiales que salieron algo más tarde.
Nos quedamos en Weybridge hasta el mediodía y a esa hora nos encontramos en
el lugar próximo a Shepperton Lock, donde se unen el Wey y el Támesis. Parte del
tiempo lo pasamos ayudando a dos ancianas a cargar un carro de mano.
La desembocadura del Wey es triple y en ese punto se pueden alquilar
embarcaciones. Además, había un transbordador al otro lado del río. Sobre la
margen que da a Shepperton había una posada, y algo más allá se elevaba la torre
de la iglesia de Shepperton.
Allí encontramos una ruidosa multitud de fugitivos. La huida no se había convertido
todavía en pánico; pero vimos ya mucha más gente de la que podía cruzar en las
embarcaciones. Muchos llegaban cargados con pesados fardos; hasta vimos a un
matrimonio llevando entre ambos la puerta de un excusado en la que habían apilado
sus posesiones. Un hombre nos dijo que pensaba irse desde la estación Shepperton.
Oíanse muchos gritos y algunos hasta bromeaban. Todos parecían tener la idea
de que los marcianos eran simplemente seres humanos formidables que podrían
atacar y saquear la población, pero que al fin serían exterminados. A cada momento
miraban algunos hacia la campiña de Chertsey, pero por ese lado reinaba la calma.
Al otro lado del Támesis, excepto en los lugares donde llegaban las embarcaciones,
todo estaba tranquilo, lo cual contrastaba con la margen de Surrey. Los que
desembarcaban allí se iban andando por el camino. El transbordador acababa de
hacer uno de sus viajes. Tres soldados se hallaban en el prado bromeando con los
fugitivos sin ofrecerles la menor ayuda. La hostería estaba cerrada debido a la hora.
—¿Qué es eso?—gritó de pronto un botero.
En ese momento se repitió el sonido procedente de Chertsey. Era el estampido
lejano de un cañonazo.
Comenzaba la lucha. Casi inmediatamente empezaron a disparar una tras otra las
baterías ocultas detrás de los árboles. Una mujer lanzó un grito y todos se inmovilizaron
ante la iniciación de las hostilidades. No se veía nada, salvo la campiña y las vacas que
pastaban en las cercanías.
—Los soldados los detendrán—expresó en tono dubitativo una mujer que se hallaba
próxima a mí.
Sobre los árboles se elevaba una especie de neblina.
De pronto vimos una gran columna de humo hacia la parte superior del río, e
inmediatamente tembló el suelo a nuestros pies y se oyó una terrible explosión, cuyas
vibraciones hicieron añicos dos o tres ventanas de las casas vecinas.
—¡Allí están!—gritó un hombre de azul—. ¡Allá! ¿No los ven?
Aparecieron uno tras otro cuatro marcianos con sus armaduras, al otro lado de los
árboles que bordeaban el prado de Chertsey. Iban caminando rápidamente hacia el río.
Al principio parecían figuras pequeñas que avanzaban con paso bamboleante y tan
raudo como el vuelo de un pájaro.
Luego apareció el quinto, que avanzaba en línea oblicua hacia nosotros. Sus
gigantescos cuerpos relucían a la luz del sol al avanzar hacia los cañones, tornándose
cada vez más grandes a medida que se aproximaban. El más lejano blandía una enorme
caja, y el espantoso rayo calórico, que ya viera yo en acción el viernes por la noche,
partió hacia Chertsey y dio de lleno en la villa.
Al ver aquellas criaturas extrañas y terribles, la multitud que se encontraba a orillas del
agua quedóse paralizada de horror. Por un momento reinó el silencio. Después se oyó
un ronco murmullo y un movimiento de pies, así como un chapoteo en el agua. Un
hombre, demasiado asustado para soltar el bulto que llevaba, se volvió y me hizo temblar
al golpearme con su carga. Una mujer me dio un empellón y pasó corriendo por mi lado.
Yo también me volví con todos, mas no era tan grande mi terror como para impedirme
pensar. Tenía en cuenta el mortífero rayo calórico. La solución era meterse bajo el agua.
—¡Al agua!—grité sin que me prestaran atención. Me volví de nuevo y eché a correr
hacia el marciano que se aproximaba y me arrojé al agua. Otros hicieron lo mismo.
Todo el pasaje de una embarcación que volvía saltó hacia nosotros cuando pasé yo
corriendo. Las piedras a mis pies eran muy resbaladizas y el río estaba tan bajo que
corrí por espacio de seis metros sin hundirme más que hasta la cintura.
Luego, cuando el marciano se hallaba apenas a doscientos metros de distancia, me
introduje bajo la superficie. En mis oídos resonaron como truenos los chapoteos de los
otros que se lanzaron al río desde ambas orillas.
Pero el monstruo marciano nos prestó entonces tanta atención como la que hubiera
otorgado un hombre a las hormigas del hormiguero cuyo pie ha destrozado. Cuando volví
a sacar la cabeza del agua, el capuchón del gigante mecánico apuntaba hacia las
baterías, que continuaban haciendo fuego desde el otro lado del río, y al avanzar puso en
funcionamiento lo que debe haber sido el generador del rayo calórico.
Un momento después estaba en la orilla y de un paso salvó la mitad de la anchura
del río. Las rodillas de sus dos patas delanteras se doblaron en la otra margen y
después se volvió a erguir en toda su estatura, cerca ya de la villa de Shepperton.
Entonces dispararon simultáneamente los seis cañones que estaban ocultos tras los
últimos edificios de la aldea.
Las súbitas detonaciones casi paralizaron mi corazón. El monstruo levantaba ya la
caja del rayo calórico cuando la primera granada estalló seis metros más arriba del
capuchón.
Lancé un grito de asombro. Vi a los otros marcianos, mas no les presté atención. Lo
que me interesaba era el incidente más próximo. Simultáneamente estallaron otras dos
granadas cerca del cuerpo en el momento en que el capuchón se volvía para ver la
cuarta granada, que no pudo esquivar.
El proyectil hizo explosión en la misma cara del monstruo. El capuchón pareció
hincharse y voló en numerosos fragmentos de carne roja y metal reluciente.
—¡Hizo blanco!—grité yo con entusiasmo.
Oí los gritos de júbilo de los que me rodeaban y en ese momento hubiera
saltado del agua a causa de la alegría.
El coloso decapitado se tambaleó como un gigante ebrio, mas no cayó. Por
milagro recobró el equilibrio y, sin saber ya por dónde iba, avanzó rápidamente hacia
Shepperton con la caja del rayo calórico sostenida en alto.
La inteligencia viviente, el marciano que ocupaba el capuchón, estaba muerto y
hecho trizas, y el monstruo no era ahora más que un complicado aparato de metal
que iba hacia su destrucción. Adelantóse en línea recta, incapaz de guiarse; tropezó
con la torre de la iglesia, derribándola con la fuerza de su impulso; se desvió a un
costado, siguió andando y cayó, al fin, con tremendo estrépito, en las aguas del río.
Una violenta explosión hizo temblar la tierra, y un manantial de agua, vapor, barro y
metal destrozado voló hacia el cielo. Al caer en el río la caja del rayo calórico, el
agua habíase convertido en seguida en vapor. Un momento después avanzó río
arriba una tremenda ola de agua casi hirviente. Vi a la gente que trataba de alcanzar
la costa y oí sus gritos por el tremendo ruido causado por la caída del marciano.
Por un instante no presté atención al agua caliente y olvidé que debía tratar de
salvarme. Avancé a saltos por el río, apartando de mi paso a un hombre, y llegué
hasta la curva. Desde allí vi una docena de botes abandonados que se mecían
violentamente sobre las olas. El marciano yacía de través en el río y estaba
sumergido casi por entero. Espesas nubes de vapor se levantaban de los restos, y
por entre ellas pude ver vagamente las piernas gigantescas que golpeaban el agua y
hacían volar el barro por el aire. Los tentáculos se movían y golpeaban como brazos
de un ser viviente y, salvo por lo incierto de estos movimientos, era como si un ser
herido se debatiera entre las olas esforzándose por salvar la vida. Enormes
cantidades de un fluido color castaño salían a chorros de la máquina.
Desvió entonces mi atención un sonido agudo semejante al de una sirena. Un
hombre que se hallaba cerca me gritó algo y señaló con la mano. Al mirar hacia
atrás vi a los otros marcianos que avanzaban con trancos gigantescos por la orilla del
río desde la dirección de Chertsey. Los cañones de Shepperton volvieron a funcionar,
pero esta vez sin hacer ningún blanco.
Al ver esto volví a meterme de nuevo en el agua y, conteniendo la respiración lo
más que pude, avancé por debajo de la superficie hasta que ya no pude más. El
agua se agitaba a mi alrededor y cada vez se tornaba más caliente.
Cuando levanté la cabeza para poder respirar y me quité el agua y los cabellos
de los ojos, el vapor se elevaba como una niebla blanca, que ocultó al principio a
los marcianos. El ruido era ensordecedor. Después los vi vagamente. Eran colosales
figuras grises, magnificadas por la neblina. Habían pasado junto a mí y dos de ellos
se estaban agachando junto a los restos de su compañero.
El tercero y el cuarto se hallaban parados junto a ellos en el agua, uno a
doscientos metros de donde estaba yo, y el otro, hacia Laleham. Levantaban los
generadores del rayo calórico y barrían con él los alrededores.
Todo a mi alrededor reinaba un desorden de ruidos ensordecedores: el metálico son
de los marcianos, el estrépito de casas que caían, el golpe sordo de los árboles al dar
en tierra y el crujir y bramar de las llamas. Un humo negro muy denso se mezclaba
ahora con el vapor procedente del río, y al moverse el rayo calórico sobre Neybridge,
su paso era marcado por relámpagos de luz blanca que dejaba una estela de
llamaradas. Las casas más próximas seguían aún intactas, aguardando su fin, mientras
que el fuego se paseaba tras ellas de un lado a otro.
Por unos minutos me quedé allí, con el agua casi hirviente hasta la altura del pecho,
aturdido por mi situación y sin esperanzas de poder salvarme. Vi a la gente que salía
del agua por entre los cañaverales, como ranas que escaparan ante el avance del
hombre.
Y de pronto saltó hacia mí el resplandor del rayo calórico. Las casas se
desplomaban al disolverse bajo sus efectos; los árboles se incendiaban
instantáneamente. Corrió de un lado a otro por el caminillo, tocando a los fugitivos y
llegando al borde del agua, a menos de cincuenta metros de donde me hallaba yo. Cruzó
el río hacia Shepperton y el agua se elevó en una columna de vapor ante su paso. Yo
me volví hacia la costa.
Un momento más y una ola enorme de agua en ebullición corrió hacia mí. Lancé un
grito de dolor, y escaldado, medio ciego y aturdido avancé tambaleándome por el
hirviente líquido para ir a la orilla. De haber tropezado hubiera muerto allí mismo. Casi
indefenso, a la vista de los marcianos, sobre el cabo desnudo que indica la unión del
Wey y el Támesis. Sólo esperaba la muerte.
Tengo el recuerdo vago de que el pie de un marciano se asentó a una veintena de
metros de mi cabeza, clavándose en la arena, girando hacia uno y otro lado, y
levantándose de nuevo. Hubo un lapso de suspenso; después cargaron los cuatro los
restos de su camarada y se alejaron, al fin, por entre el humo para perderse en la
distancia.
Entonces, poco a poco, me fui dando cuenta de que había escapado por milagro.

LA GUERRA DE LOS MUNDOS- LIBRO 1 - PARTE 13




13 - MI ENCUENTRO CON EL CURA
Después de esta súbita lección sobre el poder de las armas terrestres, los
marcianos se retiraron a su posición original del campo comunal de Horsell, y en su
apresuramiento, y cargados como iban con los restos de su compañero, dejaron de ver
a muchos hombres que se encontraban en la misma situación que yo.
Si hubieran dejado al gigante destruido y continuado su marcha hacia adelante, no
habrían encontrado entonces nada que les impidiera llegar hasta Londres y es seguro
que hubiesen llegado a la capital mucho antes que se enteraran de su proximidad.
Su ataque habría sido tan súbito y destructivo como lo fue el terremoto que asoló
Lisboa hace ya un siglo.
Mas no tenían prisa. Un cilindro seguía a otro en su viaje interplanetario; cada
veinticuatro horas recibían refuerzos. Y mientras tanto, las autoridades militares y
navales, conocedoras ya del terrible poder de sus enemigos, trabajaban con furiosa
energía. Cada minuto se instalaba un nuevo cañón, hasta que antes del anochecer
había uno detrás de cada seto, de cada fila de casas, de cada loma entre Kingston y
Richmond. Y en toda la extensión de la desolada área de veinte millas cuadradas que
rodeaba el campamento marciano de Horsell se arrastraban los exploradores con los
heliógrafos, que habrían de advertir a los artilleros la llegada del enemigo.
Pero los marcianos comprendían ahora que teníamos un arma potente y que era
peligroso acercarse a los humanos, y ni un solo hombre se aventuró a menos de
una milla de los cilindros sin pagar su osadía con la vida.
Parece que los gigantes pasaron la primera parte de la tarde yendo y viniendo de
un lado a otro para trasladar toda la carga del segundo y el tercer cilindro—que
estaban en Addlestone y en Pyrford—a su pozo original de Horsell. Allí, sobre los
brezos ennegrecidos y los edificios en ruinas, se hallaba un centinela de guardia,
mientras que los demás abandonaron sus enormes máquinas guerreras para
descender al pozo. Allí estuvieron trabajando hasta muy entrada la noche, y la
densa columna de humo verde que se levantaba del lugar pudo ser vista desde las
colinas de Merrow y aun desde Banstead y Epson Downs.
Y mientras los marcianos, a mi espalda, se preparaban así para su próximo
ataque, y frente a mí se aprestaba la humanidad para la defensa, fui avanzando con
gran trabajo en dirección a Londres.
Vi un botecillo abandonado que iba sin rumbo corriente abajo. Me quité casi todas
mis ropas, alcancé la embarcación y logré alejarme de esa manera. No tenía
remos, pero logré hacer avanzar el bote con las manos, poniendo rumbo a Halliford y
Walton. Este trabajo me resultaba muy tedioso y constantemente miraba hacia atrás.
Seguí río abajo porque consideré que el agua me brindaría la única oportunidad de
salvarme si volvían los gigantes.
El agua caliente corrió conmigo río abajo, de modo que por espacio de una milla
apenas si pude ver la costa. A pesar de todo, una vez alcancé a divisar una fila de
figuras negras que cruzaban corriendo la campiña desde Weybridge.
Al parecer, Halliford estaba desierto y varias de las casas que daban al río eran
presa de las llamas. Poco más adelante, los cañaverales de la costa humeaban
y ardían y una línea de fuego avanzaba por un campo de heno.
Durante largo tiempo me dejé llevar por la corriente, pues no me fue posible hacer
esfuerzo alguno a causa del agotamiento que me dominaba. Luego me embargó de
nuevo el temor y renové la tarea de impulsar el bote con las manos. El sol me
quemaba la espalda desnuda. Al fin, cuando avisté el puente de Walton al otro
lado de la curva, quedé completamente exhausto y desembarqué en la orilla de
Middlesex, tendiéndome entre las altas hierbas. Creo que serían las cuatro o las
cinco de la tarde. Me levanté al fin, y caminé por espacio de media milla sin encontrar
a nadie, y me tendí de nuevo a la sombra de un seto.
Creo recordar que durante esa caminata estuve hablando conmigo mismo sin saber
qué decía. También sentía mucha sed y lamenté no haber bebido más agua. Lo
curioso es que me sentí furioso contra mi esposa; no sé por qué causa, pero mi
impotente deseo de llegar a Leatherhead me preocupaba en exceso.
No recuerdo claramente la llegada del cura. Quizá me quedé dormido. Lo que
sé es que le vi allí sentado con la vista fija en los resplandores que iluminaban el
cielo.
Me senté y mi movimiento atrajo su atención.
—¿Tiene agua?—le pregunté.
Negó con la cabeza.
—Hace una hora que pide usted agua—me dijo.
Por un momento guardamos silencio mientras nos contemplábamos. Me figuro
que habrá visto en mí a un ser muy extraño. No tenía otra ropa que los pantalones
y calcetines; mi espalda estaba enrojecida por el sol, y mi cara ennegrecida por
el humo.
Él, por su parte, parecía hombre de carácter muy débil a juzgar por su barbilla
hundida y sus ojos de un azul pálido incapaces de mirar de frente. Habló de pronto,
volviendo la vista hacia otro lado.
—¿Qué significa esto?—dijo—. ¿Qué significa?
Le miré sin responderle.
Él extendió una mano blanca y delgada y dijo en tono quejoso:
—¿Por qué se permiten estas cosas? ¿Qué pecados hemos cometido? Había
terminado el servicio de la mañana, iba yo caminando por el camino para aclararme
las ideas, cuando ocurrió todo esto. ¡Fuego, terremoto, muerte! Como si estuviéramos
en Sodoma y Gomorra. Deshechas todas nuestras obras... ¿Qué son estos
marcianos?
—¿Qué somos nosotros?—repliqué aclarándome la garganta.
Él se tomó las rodillas con las manos y volvióse para mirarme de nuevo. Durante
medio minuto nos contemplamos en silencio.
—Iba caminando para aclarar mis ideas—dijo—. De pronto..., ¡fuego, terremoto,
muerte!
Volvió a callar, bajando la cabeza casi hasta las rodillas.
Poco después agitó una mano.
—Todas las obras..., las escuelas dominicales. ¿Qué hemos hecho? ¿Qué hizo
Weybridge? Todo destruido. ¡La iglesia! La reconstruimos hace apenas tres años.
¡Desaparecida! ¡Aplastada! ¿Por qué?
Otra pausa y volvió a hablar como si hubiera enloquecido.
—¡El humo de su fuego se eleva por siempre jamás! —gritó.
Refulgieron sus ojos y señaló hacia Weybridge con el dedo.
Para ese entonces ya me había dado cuenta de lo que le ocurría. Evidentemente,
era un fugitivo de Weybridge, y la tremenda tragedia en la que se viera envuelto
habíale privado, en parte, de la razón.
—¿Estamos lejos de Sunbury?—le pregunté en el tono más natural posible.
—¿Qué podemos hacer?—dijo él—. ¿Están en todas partes esos monstruos? ¿Es
que la Tierra les pertenece ahora?
—¿Estamos lejos de Sunbury?
—Esta misma mañana celebré una misa...
—Las cosas han cambiado—le dije en tono sereno—. No debemos perder la
cabeza. Todavía quedan esperanzas.
—¡Esperanzas!
—Sí, y muchas..., a pesar de toda esta destrucción.
Comencé a explicarle mi punto de vista respecto a nuestra situación. Al
principio me escuchó; mas a medida que yo continuaba, sus ojos volvieron a tornarse
opacos y apartó la vista.
—Esto debe ser el principio del fin—dijo interrumpiéndome—. ¡El fin! ¡El día terrible
del Señor! Cuando los hombres pidan a las montañas y las rocas que les caigan
encima y les oculten para no ver el rostro de Él, que estará sentado sobre su trono.
Cesé entonces en mis laboriosos razonamientos, me puse de pie y, parado junto
a él, le apoyé una mano sobre el hombro.
—Sea hombre—le dije—. El miedo le hace desvariar. ¿De qué sirve la religión si
deja de existir ante las calamidades? Piense en lo que ya hicieron a los hombres los
terremotos, inundaciones, guerras y volcanes. ¿Creía usted que Dios había
exceptuado a Weybridge?... ¡Vamos, hombre, Dios no es un agente de seguros!
Por un rato estuvimos callados.
—¿Pero cómo podemos escapar?—me preguntó él de pronto—. Son invulnerables,
no conocen la piedad...
—Ni lo uno ni quizá lo otro—repuse—. Y cuanto más poderosos sean, más sensatos
y precavidos debemos ser nosotros. Hace menos de tres horas lograron matar
a
uno de ellos no muy lejos de aquí.
—¿Lo mataron?—exclamó mirando a su alrededor—. ¿Cómo es posible que se
pueda matar a un enviado del Señor?
—Yo mismo lo vi—manifesté, y le narré el incidente—. Nosotros nos encontramos
en lo peor de la batalla, eso es todo.
—¿Qué son esos destellos en el cielo?—me preguntó de pronto.
Le expliqué que era un heliógrafo, que hacía señales.
—Estamos en el centro de las actividades bélicas, aunque esté todo tan tranquilo—
manifesté—. Ese destello en el cielo indica que se aproxima una batalla. De aquella
parte están los marcianos y hacia el lado de Londres, donde se levantan las colinas
alrededor de Richmond y Kinston, están cavando trincheras y formando terraplenes que
sirvan de parapeto a los cañones y las tropas. Dentro de poco volverán por aquí los
marcianos...
Mientras hablaba yo así, el cura se levantó de un salto y me interrumpió con un
ademán.
—¡Escuche!—dijo.
Desde el otro lado de las colinas, más allá del agua, nos llegó el estampido
apagado de los cañones distantes y gritos apenas audibles.
Luego reinó el silencio. Un escarabajo pasó zumbando sobre el seto y siguió su vuelo.
En el oeste veíase la luna, que brillaba débilmente sobre el humo procedente de
Weybridge y Shepperton.
—Será mejor que sigamos este sendero hacia el norte —dije.

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - LIBRO 1 - PARTE 14


14 - EN LONDRES
Mi hermano menor estaba en Londres cuando los marcianos atacaron Woking. Era
estudiante de medicina y se estaba preparando para un examen, motivo por el cual no
se enteró de la llegada de los visitantes del espacio hasta el sábado por la mañana.
Los diarios de ese día publicaban, además de varios artículos especiales sobre el
planeta Marte, un telegrama conciso y vago, que resultó aún más intrigante por su
brevedad.
Alarmados por la proximidad de una multitud, los marcianos habían matado a cierto
número de personas con un arma muy rápida, según explicaba el telegrama. El mensaje
concluía con estas palabras: «Aunque son formidables, los marcianos no han salido del
pozo en que cayeron y parecen incapaces de hacerlo. Probablemente se debe esto a la
mayor atracción de la gravedad terrestre.» Sobre este punto basaron los editorialistas
sus artículos.
Naturalmente, todos los estudiantes de la clase de biología a la que asistía mi
hermano estaban muy interesados, pero en la calle no hubo señales de más excitación
que la de costumbre.
Los diarios de la tarde aprovecharon en todo lo posible las pocas noticias que tenían.
No podían contar nada que no fueran los movimientos de las tropas en los alrededores
del campo comunal y el incendio de los bosques entre Woking y Weybridge.
Luego, a las ocho, la Sí.
la interrupción de las comunicaciones telegráficas. Se atribuyó este inconveniente a la
caída de los pinos ardientes sobre la línea. Aquella noche no se supo nada más
respecto a la lucha.
Mi hermano no sintió la menor ansiedad con respecto a nosotros, pues sabía por las
noticias periodísticas que el cilindro se hallaba a dos millas de mi casa. Decidió ir aquella
noche a visitarme, a fin de ver a los marcianos antes que los mataran. Despachó un
telegrama—que no llegó a su destino—alrededor de las cuatro y pasó la velada en un
salón de conciertos.
Aquel sábado por la noche también hubo una tormenta en Londres y mi hermano
llegó a la estación de Waterloo en un coche de plaza. En la plataforma de la que suele
partir el tren de medianoche se enteró al cabo de un rato de que un accidente impedía la
llegada de trenes hasta Woking. No pudo averiguar qué clase de accidente había
ocurrido, pues ni las autoridades ferroviarias lo sabían.
No hubo ningún revuelo en la estación, ya que los funcionarios de la empresa hacían
correr los trenes de esa hora por Virginia Water o Guildford, en lugar de hacerlos pasar,
como siempre, por Woking. También estaban ocupados en hacer los arreglos
necesarios para alterar la ruta de Southampton y Portsmouth, que sirven los trenes de
excursión dominical. Exceptuando a los altos jefes del ferrocarril, pocas personas
relacionaron con los marcianos la interrupción de las comunicaciones.
En otro relato de estos acontecimientos he leído que el domingo por la mañana «se
sobresaltó todo Londres ante las noticias de Woking». A decir verdad, no había nada
que justificara frase tan extravagante. Muchos de los habitantes de Londres no oyeron
hablar de los marcianos hasta el pánico del lunes por la mañana. Los que se enteraron
tardaron un tiempo en comprender plenamente el significado de los telegramas que
publicaban los diarios del domingo. La mayoría de los habitantes de Londres no lee los
diarios de ese día.
Además, la convicción de la seguridad personal está tan grabada en la mente del
londinense y es tan común que los diarios exageren las cosas, que pudieron leer sin el
menor temor la siguiente noticia:
«Alrededor de las siete de anoche los marcianos salieron del cilindro, y avanzando
bajo el amparo de una armadura de escudos metálicos, han destruido por completo la
estación Woking con sus casas adyacentes y a todo un batallón del Regimiento de
Cardigan. No se conocen detalles. Las ametralladoras Maxim resultan completamente
inútiles contra sus armaduras y los cañones fueron inutilizados por ellos. Los húsares
van hacia Chertsey. Los marcianos parecen avanzar lentamente hacia Chertsey y
Windsor. Hay gran ansiedad en West Surrey y se están cavando trincheras y
levantando terraplenes para contener su avance hacia Londres.»
Así fue como publicó el
apareció en el
todas las fieras de un zoológico en una aldea.
James Gazette lanzó una edición especial, en la cual anuncióSunday Sun la noticia, y un artículo muy bien redactado queReferee comparó los acontecimientos con lo que ocurriría si se soltaran
En Londres nadie sabía nada respecto a la naturaleza de los marcianos y todavía
persistía la idea de que los monstruos debían ser muy torpes: «Se arrastran
trabajosamente» era la expresión empleada en todas las primeras noticias respecto a
ellos. Ninguno de los telegramas pudo haber sido escrito por un testigo presencial.
Los diarios dominicales lanzaron a la calle diversas ediciones a medida que llegaban las
noticias. Algunos lo hicieron aun sin tenerlas. Mas no hubo nada nuevo que decir al
pueblo hasta la caída de la tarde, cuando las autoridades dieron a las agencias de
prensa las noticias que tenían. Se afirmaba que los habitantes de Walton y
Weybridge, así como también de todo el distrito circundante, marchaban por los caminos
en dirección a la capital. Eso era todo.
Por la mañana, mi hermano fue a la iglesia del Hospital de Huérfanos sin saber
todavía lo que había pasado la noche anterior. En el templo oyó alusiones sobre la
invasión y el cura dijo una misa por la paz.
Al salir compró el
Waterloo para ver si se habían restablecido las comunicaciones. La gente que andaba
por la calle no parecía afectada por las extrañas novedades que proclamaban los
vendedores de diarios. Se interesaban, sí, y si se sentían alarmados era sólo por los
residentes de las poblaciones que se mencionaban.
En la estación se enteró por primera vez de que estaban interrumpidas las líneas de
Windsor y Chertsey. Los empleados le dijeron que se habían recibido varios telegramas
extraños desde las estaciones de Byfleet y Chertsey, pero que ya no llegaba ninguna
noticia más. Mi hermano no pudo obtener informes precisos al respecto. Todo lo que le
dijeron fue que se estaba librando una batalla en los alrededores de Weybridge.
El servicio de trenes estaba muy desorganizado. En la estación había muchas
personas que esperaban amigos procedentes del sudoeste. No eran pocos los que
protestaban contra la falta de seriedad de la empresa.
Llegaron dos trenes procedentes de Richmond, Putney y Kingston con la gente que
había ido a pasar el día a orillas del río. Los viajeros encontraron cerrados los
muelles y se volvieron. Uno de ellos dio a mi hermano noticias muy extrañas.
—Hay muchísima gente que llega a Kington en carros y coches cargados de todos
sus efectos personales —dijo—. Vienen de Molesey, Weybridge y Walton, y dicen que en
Chertsey se han oído muchos cañonazos y que los soldados de caballería les han
dicho que se vayan en seguida porque llegan los marcianos. Nosotros oímos cañonazos
en la estación de Hampton Court, pero creíamos que eran truenos. ¿Qué diablos
significa todo esto? Los marcianos no pueden salir de su pozo, ¿verdad?
Mi hermano no pudo decirle nada.
Después descubrió que la alarma había cundido a los clientes de los trenes
subterráneos y que los excursionistas de los domingos comenzaban a volver de todas las
estaciones del sudoeste a hora demasiado temprana; pero nadie sabía nada concreto.
Todos los que llegaban a las estaciones parecían estar de mal humor.
Alrededor de las cinco se produjo gran revuelo en la estación al habilitarse la línea
entre las estaciones sudeste y sudoeste para permitir el paso de grandes cañones y
gran número de Roldados. Éstas eran las armas que llevaron a Woolwich y Chatham
para proteger a Kingston. Los curiosos hicieron comentarios festivos, que fueron
contestados de igual guisa por los reclutas.
—¡Los comerán!
—Somos los domadores de fieras.
Y otras frases por el estilo.
Poco después llegó un pelotón de policías, que hizo retirar a la gente de los andenes.
Mi hermano salió entonces a la calle.
Las campanas de las iglesias llamaban para el servicio vespertino y un grupo de
jóvenes del Ejército de Salvación llegó cantando por el camino de Waterloo. Sobre el
Referee. Se alarmó al leer las noticias y de nuevo fue a la estación
puente había cierto número de holgazanes que observaban una escoria rara de color
castaño que llegaba por el río. Poníase el sol y contra un cielo espléndido se
recortaban las siluetas de la Torre del Reloj y de la Casa del Parlamento. Alguien
comentó algo acerca de un cuerpo que flotaba en el agua. Uno de los mirones, que
afirmaba ser reservista, dijo a mi hermano que había visto hacia el oeste los destellos
de un heliógrafo.
En la calle Wellington mi hermano se encontró con dos individuos mal entrazados
que salían de la calle Fleet con diarios recién impresos y llevaban grandes cartelones.
—¡Horrible catástrofe!—gritaban ambos mientras corrían por Wellington—. ¡Una batalla
en Weybridge! ¡Descripción completa! ¡Se rechaza a los marcianos! ¡Londres, en peligro!
Tuvo que pagar tres peniques por un ejemplar de ese diario.
Sólo entonces comprendió, en parte, la amenaza que representaban los monstruos.
Supo que no eran un simple puñado de criaturas pequeñas y torpes, sino que poseían
mentes inteligentes que gobernaban enormes cuerpos mecánicos y que podían
trasladarse con rapidez y atacar con tal efectividad, que aun los cañones más
poderosos no eran capaces de detenerlos.
Se los describía como «gigantescas máquinas similares a arañas de casi treinta
metros de altura, capaces de desarrollar la velocidad de un tren expreso y dueñas de un
arma que despedía un rayo de calor potentísimo». Habíanse instalado baterías en la
región de los alrededores de Horsell y especialmente entre los distritos de Woking y
Londres. Cinco de las máquinas fueron avistadas cuando avanzaban hacia el Támesis y
una de ellas, por gran casualidad, fue destruida. En los otros casos erraron las balas y
las baterías fueron aniquiladas de inmediato por el rayo calórico. Se mencionaban
grandes bajas de soldados, pero el tono general del despacho era optimista.
Los marcianos habían sido rechazados; por tanto, no eran invulnerables. Se retiraron
de nuevo a su triángulo de cilindros, en el círculo que rodeaba a Woking. Los soldados
del Cuerpo de Señales avanzaban hacia ellos desde todas direcciones. Desde Windsor,
Portsmouth, Aldershot y Woolwich llegaban cañones de largo alcance, y del norte se
esperaba uno de noventa y cinco toneladas. Un total de ciento dieciséis estaban ya en
posición, casi todos protegiendo la capital. Era la primera vez que se efectuaba una
concentración tan rápida e importante de material de guerra.
Se esperaba que cualquier otro cilindro que cayera fuese destruido de inmediato por
explosivos de alta potencia, los cuales se estaban ya fabricando y distribuyendo. Sin duda
alguna, continuaba el despacho, la situación era grave, pero se recomendaba al público
que no se dejara dominar por el pánico. Se admitía que los marcianos eran criaturas
extrañas y extremadamente peligrosas, mas no podía haber más que veinte de ellos
contra nuestros millones.
A juzgar por el tamaño de los cilindros, las autoridades suponían que no había más
de cinco tripulantes en cada uno de ellos, o sea, un total de quince. Por lo menos, se
había dado muerte a uno y quizá a más. El público sería advertido con tiempo de la
proximidad del peligro y se estaban tomando grandes precauciones para proteger a los
habitantes de los suburbios del sudoeste, que estaban ahora amenazados. Y así, con
reiteradas manifestaciones acerca de que Londres estaba a salvo y la seguridad de que
las autoridades podían hacer frente a las dificultades, se cerraba esta
quasi
proclamación.
Todo esto estaba impreso en letras grandes, y tan fresca era la tinta que el diario
estaba húmedo. No hubo tiempo para agregar ningún comentario. Según mi hermano,
resultaba curioso ver cómo se había sacrificado el resto de las noticias para ceder espacio
a lo que antecede.
Por toda la calle Wellington veíase a la gente que compraba los diarios para leerlos,
y de pronto se oyeron en el Strand las voces de los otros vendedores, que seguían a los
primeros. La gente descendía de los vehículos colectivos para comprar ejemplares. No
hay duda que, fuera cual fuese su apatía primera, la gente sintióse muy excitada ante
estas novedades. El dueño de una casa de mapas del Strand quitó los postigos a su
escaparate y se puso a exhibir en él varios mapas de Surrey.
Mientras marchaba por el Strand en dirección a Trafalgar Square con el diario bajo
el brazo, mi hermano vio a varios de los fugitivos que llegaban a West Surrey.
Había un hombre que guiaba un carro como el de los verduleros. En el vehículo
viajaban su esposa y sus dos hijos junto con algunos muebles. Llegó desde el puente
de Westminster, y tras él se vio un carretón de cargar heno con cinco o seis personas
de aspecto muy respetable, que llevaban consigo numerosas cajas y paquetes. Estaban
todos muy pálidos y su apariencia contrastaba notablemente con la de los bien ataviados
pasajeros que los miraban desde los ómnibus.
Se detuvieron en la plaza como si no supieran qué camino seguir y, al fin, tomaron
hacia el este por el Strand. Poco más atrás llegó un hombre con ropas de trabajo, que
montaba una de esas bicicletas antiguas con una rueda más pequeña que la otra. Estaba
muy sucio y tenía el rostro blanco como la tiza.
Mi hermano tomó entonces hacia Victoria y se cruzó con otros refugiados. Se le
ocurrió la vaga idea de que quizá me viera a mí. Notó que había un gran número de
policías regulando el tránsito. Algunos de los fugitivos cambiaban noticias con la gente
de los vehículos colectivos. Uno afirmaba haber visto a los marcianos.
—Son calderas sobre trípodes y caminan como hombres—declaró.
Casi todos mostrábanse muy animados por su extraña aventura.
Más allá de Victoria, las tabernas hacían gran negocio con los recién llegados. En
todas las esquinas veíanse grupos de personas leyendo diarios, conversando
animadamente o mirando con gran curiosidad a los extraordinarios visitantes. Éstos
parecieron aumentar de número al avanzar la noche, hasta que, al fin, las calles
estuvieron tan atestadas como la de Epson el día del Derby. Mi hermano dirigió la
palabra a varios de los fugitivos, mas no pudo averiguar nada concreto.
Ninguno de ellos le dio noticias de Woking, hasta que encontró a uno que le dijo que
Woking había sido enteramente destruido la noche anterior.
—Vengo de Byfleet—manifestó el individuo—. Esta mañana temprano pasó por la
aldea un hombre, que llamó en todas las puertas para avisarnos que nos fuéramos.
Después llegaron los soldados. Salimos a mirar y vimos grandes nubes de humo hacia
el sur. Nada más que humo, y desde ese lado no llegó nadie. Después oímos los
cañones de Chertsey y vimos a la gente que venía de Weybridge. Por eso cerré mi
casa y me vine a la capital.
En esos momentos predominaba en la calle la idea de que las autoridades tenían la
culpa por no haber podido terminar con los invasores sin tanto inconveniente para la
población.
Alrededor de las ocho, en todo el sur de Londres se oyeron claramente numerosos
cañonazos. Mi hermano no pudo oírlos a causa del ruido del tránsito en las calles
principales, pero al tomar por las callejas menos concurridas para ir hacia el río le fue
posible captar con toda claridad los estampidos.
Regresó de Westminster a su apartamento de Regent Park cerca de las dos. Ya se
sentía muy preocupado por mí y le inquietaba la evidente magnitud del peligro. Como
lo hiciera yo el sábado, pensó mucho en los detalles militares del asunto y en todos los
cañones que esperaban en la campiña, así como también en los fugitivos. Con un
esfuerzo mental trató de imaginar cómo serían las «calderas sobre trípodes» de treinta
metros de altura.
Dos o tres carros cargados de refugiados pasaron por la calle Oxford y varios iban
por el camino de Marylebone; pero con tanta lentitud cundían las noticias, que la calle
Regent y el camino de Portland estaban atestados de sus paseantes dominicales de
costumbre, aunque notábase ahora que muchos formaban grupos para cambiar ideas, y
por Regent Park había tantas parejas conversando bajo los faroles de gas como en otras
oportunidades. La noche estaba cálida y tranquila, así como también algo opresiva, y el
estampido de los cañonazos continuó de manera intermitente. A medianoche pareció
que hubiera relámpagos en dirección al sur.
Mi hermano leyó el diario temiendo que me hubiera ocurrido lo peor. Estaba
inquieto, y después de la cena salió de nuevo a pasear sin rumbo. Regresó y en vano
quiso distraer su atención dedicándose al estudio. Acostóse poco después de
medianoche, y en la madrugada del lunes le despertó el ruido distante de las llamadas
a las puertas, de pies que corrían, de tambores lejanos y de campanadas. Sobre el
cielo raso vio reflejos rojos. Por un momento quedóse asombrado, preguntándose si
había llegado el día o si el mundo estaba loco. Después saltó del lecho para correr hacia
la ventana.
Su habitación era un ático, y al asomar la cabeza se repitió en toda la manzana el
ruido que produjera su ventana al abrirse y en otras aberturas aparecieron otras
cabezas como la suya. Alguien comenzó a formular preguntas.
—¡Ya llegan!—gritó un policía llamando a una puerta—. ¡Llegan los marcianos! Acto
seguido corrió hacia la puerta contigua. El batir de tambores y las notas de un clarín
acercábanse desde el cuartel de la calle Albany y todas las iglesias de los
alrededores mataban el sueño con el repiqueteo de sus campanas. Oíanse puertas
que se abrían y todas las ventanas de la manzana se iluminaron.
Calle arriba llegó velozmente un carruaje cerrado, que pasó haciendo gran ruido
sobre las piedras de la calle y se perdió en la distancia. Poco después llegaron dos
coches de plaza, los precursores de una larga procesión de vehículos, que iban en su
mayor parte hacia la estación Chalk Farm, donde cargaban entonces los trenes
especiales del noroeste en lugar de hacerlo desde Euston.
Durante largo rato estuvo mi hermano asomado a la ventana, lleno de asombro,
mirando a los policías, que llamaban a todas las puertas y comunicaban su
incomprensible mensaje. Luego se abrió la puerta de su habitación y entró el vecino
que ocupaba el cuarto del otro lado del corredor. El hombre vestía pantalones,
camisa y zapatillas; llevaba colgando los tirantes y tenía el cabello en desorden.
—¿Qué diablos pasa?—preguntó—. ¿Es un incendio? ¡Qué bochinche endiablado!
Ambos se asomaron por la ventana, esforzándose por oír lo que gritaban los
agentes de policía. La gente salía de las calles laterales y formaba grupos en las
esquinas. —¿Qué demonios pasa?—volvió a preguntar el vecino. Mi hermano le
respondió algo vago y empezó a vestirse, yendo entre prenda y prenda hasta la
ventana para no perder nada de lo que sucedía en las calles. Al poco rato llegaron
hombres que vendían diarios.
—¡Londres en peligro de sofocación!—gritaban—. ¡Han caído las defensas de
Kingston y Richmond! ¡Horribles desastres en el valle del Támesis!
Y todo a su alrededor: en los cuartos de abajo, en las casas de ambos lados y de
la acera opuesta, y detrás, en Park Terrace y en un centenar de otras calles de
aquella parte de Marylebone y del distrito de Westbourne Park y St. Paneras;
hacia el oeste y noroeste, en Kilburn, en St. John's Wood y en Hampstead; hacia el
este, en Shoreditch, Highbury, Haggerston y Hoxton, y, en suma, en toda la vasta
ciudad de Londres, desde Ealing hasta East Ham, la gente se restregaba los ojos y
abría las ventanas para mirar hacia fuera y formular preguntas, y se vestía
apresuradamente cuando los primeros soplos de la tormenta del temor empezaban a
recorrer las calles. Aquello fue el alba del gran pánico. Londres, que el domingo por la
noche se había acostado estúpido e inerte, despertó en la madrugada del lunes
para hacerse cargo de la inminencia del peligro. Como desde su ventana no podía
enterarse de lo que pasaba, mi hermano bajó a la calle en el momento en que el
cielo se teñía de rosa con la llegada del alba. La gente, que huía a pie y en toda
clase de vehículos, tornábase cada vez más numerosa.
—¡Humo negro!—gritaban unos y otros. Fue inevitable que cundiera el terror y
se contagiaran todos de la misma enfermedad. Mientras mi hermano vacilaba sobre
el escalón de la puerta, vio que se acercaba otro vendedor de diarios y adquirió uno.
El hombre corría con todos los demás y al mismo tiempo iba vendiendo sus diarios a
un chelín el ejemplar... Grotesca combinación de pánico y ansia lucrativa.
Y en ese diario leyó mi hermano el catastrófico despacho del comandante en jefe:
«Los marcianos están descargando enormes nubes de vapor negro y ponzoñoso por
medio de cohetes. Han destrozado nuestras baterías, destruido Richmond, Kingston y
Wimbledon, y avanzan lentamente hacia Londres, arrasando todo lo que hay a su
paso. Es imposible detenerlos. La única manera de salvarse del humo negro es la
fuga inmediata.»
Eso era todo, pero bastaba. Toda la población de la gran ciudad, de seis millones
de habitantes, se ponía en movimiento y echaba a correr; no tardaría mucho en huir
en masa hacia el norte.
—¡Humo negro!—gritaban las voces—. ¡Fuego!
Las campanas de las iglesias doblaban sin cesar. Un carro guiado con poca
habilidad se volcó en medio de los gritos de sus ocupantes y fue
fuente. Las luces se encendían en todas las casas y algunos de los coches que
pasaban tenían todavía sus faroles encendidos. Y en lo alto del cielo acrecentábase
la luz del nuevo día.
Mi hermano oyó que corrían todos en las habitaciones y subían y bajaban las
escaleras. La casera llegó a la puerta envuelta en un salto de cama y seguida por
su esposo.
Cuando se dio cuenta de todas estas cosas volvió apresuradamente a su cuarto, puso
en sus bolsillos las diez libras que constituían todo su capital y volvió a salir a la calle.
a dar contra una