Santi y Alejo

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El bebé de Mary

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Los niños de Wafa

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La gota de Germán

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Productos a la medida de sus necesidades!

martes, 17 de mayo de 2011

Y todavía hasta hoy los acuñan!!!!



Sobre el origen de la Filatelia. Mitos y Leyendas Urbanas.
Disculpas, sí es una versión muy libre de la historia, lo cierto es que efectivamente los Díaz son pelirrojos, vean esta iluminación.

Manuel Atanasio Girardot Díaz no sólo era un prócer de la independencia, sino que era igualito a Plazas Vega. Nació en San Jerónimo, Antioquia, como si ya presintiera que el hijo de Uribe se iba a llamar así y que le iban a hacer la vuelta. Pues no, el tema de los homónimos data desde ese entonces y probablemente Plazas tenga algún familiar en común por allá en 1800. Que quede reseñado para lo del bicentenario.  En cambio yo sí creo que Tomás Carrasquilla Naranjo sí haya conocido al abuelito de Uribe, y a mi abuelo, pues el señor murió en 1940. Tomás Carrasquilla se hizo popular por sus cuentos entre los que se encuentra San Antoñito, de ahí viene la tradición de hacer mofa a los esquiroles (liberales) a través de todo un universo de santos, entre nos,  los abuelitos del presidente fueron tildados de sapos por hacer la acotación. Entre los santos famosos están, santa Bárbara, la virgen de las Mercedes, el médico José Gregorio Hernández y el padre Marianito; ahí se les acabó la guachafita porque al parecer “Los curas comunistas”, hay un libro que se llama así, comenzaron a hacer mofa de las familias conservadoras, es el origen de la santería cubana, entre otras: Changó, Elegua, completen. Vaya uno a saber cómo se filtraron en la curia porque hasta hace muy poco únicamente las familias conservadoras tenían acceso a la milicia y a la iglesia. Y el otro cuento famoso era el de “A la diestra de Dios Padre” con un personajito Peralta que ya de algún modo retrata a Uribito negociando almitas. Entre otras, aclaro, desde el siglo cuarto antes de cristo, ya se utilizaban signos y señales para comunicación secreta en tiempos de guerra, y es así como para la época actual es prioritario saber que la E hacía referencia a Ernesto Che Guevara, luego se la pusieron a Enrique Gómez Hurtado, se la pasaron a Ernesto Samper y ahí dijeron que lo mejor era echar huevo y se colocaron a mi papá, por aquello de que era médico e hijo del esquirol. Y ahí se armó la de Troya, pues tengo un tío político, sobrino nieto de Atanasio, y no se les ocurrió más que montarlo en el problema y yo no sé de dónde sacaron la ocurrencia de que la familia debía explotarse con los chapetones. Las diferencias entre liberales y conservadores eran muy marcadas, y el tío, con la señalización cambiada, terminó dando falsos positivos desde entonces. Ahí, supongo, el señor llamó la atención sobre el problema e hizo alusión a que también era sobrino nieto de Rafael Núñez, cuyas estrofas del himno nacional siguen vigentes: “La virgen sus cabellos, arranca en su agonía y de su amor brujo, los cuelga del ciprés”.  Aparentemente, la prensa efectivamente le hizo la mofa y terminó registrado como Mr. Maggo y como “Mi Marciano Favorito”. No sobra expresar que la poesía se hizo popular y que excelentes? Poetas, no necesariamente son buenos presidentes. Eso también lo notaron y decidieron reciclar a doña Soledad Román y no dejaron de hacer los comentarios utilizando al actor Edgardo Román, que también puede ser de la familia ya que es de conocimiento de los historiadores, tenemos muy malos libros de texto, que don Rafael Núñez se retiró con su esposa Soledad Román, a su finca de descanso en Girardot, allí alguna sobrina del expresidente conocería a su esposo justo con el apellido que le daría nombre al pueblo. Véale la cara de calentano a Julián, el hijo del actor. Pues fueron tan ocurrentes, que nos montaron una sede de Punch casi que a la vuelta de la casa y se dedicaron durante toda su trayectoria a hacernos el buuuu con el primo! Si a eso se le suman los escudos de armas de mi abuela, como decía ella, legítima heredera del virrey Góngora y Góngora, ya podrán imaginar lo divertido que resultó para ellos la violencia de los 50´s. Como para cubrir la cosa, se consiguieron a una señora de Antioquia, Antioquia es por excelencia liberal, abrieron trocha para colonizar el territorio luego de ser echados de la capital y regiones conexas, de nombre Soledad, y comenzaron a aparecer hitos geográficos en el departamento de Atlántico. Finalmente, Gabo cubrió la vaina escribiéndose los “Cien Años de Soledad”, pues al parecer la guerra le parecía interminable y las peloteras, además de histriónicas, bizantinas. Y el mundo patas arriba, como el papá de mi abuela se llamaba Ricardo, no faltó Walt Disney con su historia de Robin Hood, haciendo alusión a mi abuelo liberal y ahí quedó, Ricardo Corazón de León con su pléyade de cobradores de impuestos! Los motes pueden pasar de familia en familia y da igual, como ya ven no ha cambiado nada desde 1800. Si serían ricos los tíos de Diana? Vaya uno a saber, pero de seguro que todavía conservan en la familia a su Hugo, Paco y Luis, quienes serían? Hugo Patiño de Don Pepe Sierra, Paco Barrera, de la UP?, y Luis, el esquirol. Ya en la época moderna y después del Frente Nacional, comenzaron a aparecer edificaciones con los nombres de las familias de acuerdo de su rol en la sociedad, ahí están, la Plaza de Toros de la Santamaría, el Estadio Nemesio Camacho, Pablo VI, y hasta con temas contemporáneos, El Voto Nacional, La Plaza de Mercado, el Carlos E. Restrepo y Los Colores, en Medellín, Usatama, la perseverancia, entre otros. También marcaron los productos, Zenú hacía referencia a que eran conservadores, y como los conservadores hablaban Francés … , los jugos California, las compotas Gerber, los electrodomésticos LG, Fruco! Y así hasta hoy, saquen sus propias conclusiones. Lo que sí es importante saber es que muy a pesar de Atanasio, no tenemos vocación de Sansón y pues, que ya está bueno.
Fuente: La ley 80, vaya uno a saber qué hacen con los datos hasta el quinto grado de consanguinidad de cada familia. Cuidado con la registraduría! Igual, ellos no se salvaron de su Pio Quinto (es un personaje de una novela muy popular entre los adultos mayores en los 80´s?).

Y "El Médico A Palos" - Moliere.
http://www.youtube.com/watch?v=_AANyGysPzY

La letra escarlata.
http://www.estrenosonline.org/la-letra-escarlata-google/


lunes, 28 de febrero de 2011

El secreto mejor guardado del Ministerio de Cultura!



Los invito a conocer este nuevo juguete. Se trata del programa de digitalización de partituras de la Biblioteca Nacional de Colombia.

Para compartirlo en familia.

http://www.bibliotecanacional.gov.co/tools/marco.php?idcategoria=24940

jueves, 14 de octubre de 2010

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - INTRO




En el mes de los niños, los invito a leer en compañía de sus hijos. Aquí esta gran historia!!!!!

La guerra de los mundos es una novela de ciencia ficción escrita por Herbert George Wells y publicada por primera vez en 1898, que describe una invasión marciana a la Tierra. Es la primera descripción conocida de una invasión alienígena de la Tierra, y ha tenido una indudable influencia sobre las posteriores y abundantes versiones de esta misma idea. De la novela de Wells se han hecho adaptaciones a diferentes medios: películas, programas de radio, videojuegos, cómics y series de televisión. (WIKIPEDIA).


LA GUERRA DE LOS MUNDOS - STEVEN SPILBERG (2005)

 
LA GUERRA DE LOS MUNDOS - VERSIÓN CLÁSICA (1953)

 
DOCUMENTAL: LA GUERRA DE LOS MUNDOS - HISTORY CHANNEL






LA GUERRA DE LOS
MUNDOS




H. G. Wells

Título del original inglés: The war of the worlds
Traducción: Julio Vacareza
© 1897 by H. G. Wells
© 1973 EDAF ediciones
ISBN: 84-7166-350-3
Edición digital: Umbriel
R6 03/03



ÍNDICE
LIBRO PRIMERO - LA LLEGADA DE LOS MARCIANOS
1 - LA VÍSPERA DE LA GUERRA
2 - LA ESTRELLA FUGAZ
3 - EN EL CAMPO COMUNAL DE HORSELL
4 - SE ABRE EL CILINDRO
5 - EL RAYO CALÓRICO
6 - EL RAYO CALÓRICO EN EL CAMINO DE CHOBHAM
7 - CÓMO LLEGUÉ A CASA
8 - LA NOCHE DEL VIERNES
9 - COMIENZA LA LUCHA
10 - DURANTE LA TORMENTA
11 - DESDE LA VENTANA
12 - LA DESTRUCCIÓN DE WEYBRIDGE Y SHEPPERTON
13 - MI ENCUENTRO CON EL CURA
14 - EN LONDRES
15 - LO QUE SUCEDIÓ EN SURREY
16 - EL ÉXODO DE LONDRES
17 - EL THUNDER CHILD
LIBRO SEGUNDO - LA TIERRA DOMINADA POR LOS MARCIANOS
1 - APLASTADOS
2 - LO QUE VIMOS DESDE LAS RUINAS
3 - LOS DÍAS DE ENCIERRO
4 - LA MUERTE DEL CURA
5 - EL SILENCIO
6 - DESPUÉS DE QUINCE DÍAS
7 - EL HOMBRE DE PUTNEY HILL
8 - LA CIUDAD MUERTA
9 - LOS RESTOS
10 - EPILOGO

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - LIBRO 1 - PARTE 1


LIBRO PRIMERO - LA LLEGADA DE LOS MARCIANOS
1 - LA VÍSPERA DE LA GUERRA
En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos
eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del
hombre y, sin embargo, tan mortales como él; que mientras los hombres se ocupaban de
sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del
microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua.
Con infinita complacencia, la raza humana continuaba sus ocupaciones sobre este
globo, abrigando la ilusión de su superioridad sobre la materia. Es muy posible que los
infusorios que se hallan bajo el microscopio hagan lo mismo. Nadie supuso que los
mundos más viejos del espacio fueran fuentes de peligro para nosotros, o si pensó en
ellos, fue sólo para desechar como imposible o improbable la idea de que pudieran
estar habitados. Resulta curioso recordar algunos de los hábitos mentales de aquellos
días pasados. En caso de tener en cuenta algo así, lo más que suponíamos era que
tal vez hubiera en Marte seres quizá inferiores a nosotros y que estarían dispuestos a
recibir de buen grado una expedición enviada desde aquí. Empero, desde otro punto
del espacio, intelectos fríos y calculadores y mentes que son en relación con las
nuestras lo que éstas son para las de las bestias, observaban la Tierra con ojos
envidiosos mientras formaban con lentitud sus planes contra nuestra raza. Y a
comienzos del siglo veinte tuvimos la gran desilusión.
Casi no necesito recordar al lector que el planeta Marte gira alrededor del Sol a una
distancia de ciento cuarenta millones de millas y que recibe del astro rey apenas la mitad
de la luz y el calor que llegan a la Tierra. Si es que hay algo de verdad en la hipótesis
corriente sobre la formación del sistema planetario, debe ser mucho más antiguo que
nuestro mundo, y la vida nació en él mucho antes que nuestro planeta se solidificara. El
hecho de que tiene apenas una séptima parte del volumen de la Tierra debe haber
acelerado su enfriamiento, dándole una temperatura que permitiera la aparición de la
vida sobre su superficie. Tiene aire y agua, así como también todo lo necesario para
sostener la existencia de seres animados.
Pero tan vano es el hombre y tanto lo ciega su vanidad, que hasta fines del siglo
diecinueve ningún escritor expresó la idea de que allí se pudiera haber desarrollado una
raza de seres dotados de inteligencia que pudiese compararse con la nuestra. Tampoco
se concibió la verdad de que siendo Marte más antiguo que nuestra Tierra y dotado sólo
de una cuarta parte de la superficie de nuestro planeta, además de hallarse situado
más lejos del Sol, era lógico admitir que no sólo está más distante de los comienzos de
la vida, sino también mucho más cerca de su fin.
El enfriamiento que algún día ha de sufrir nuestro mundo ha llegado ya a un punto
muy avanzado en nuestro vecino. Su estado material es todavía en su mayor parte un
misterio; pero ahora sabemos que aun en su región ecuatorial la temperatura del
mediodía no llega a ser la que tenemos nosotros en nuestros inviernos más crudos. Su
atmósfera es mucho más tenue que la nuestra, sus océanos se han reducido hasta
cubrir sólo una tercera parte de su superficie, y al sucederse sus lentas estaciones se
funde la nieve de los polos para inundar periódicamente las zonas templadas. Esa
última etapa de agotamiento, que todavía es para nosotros increíblemente remota, se
ha convertido ya en un problema actual para los marcianos. La presión constante de
la necesidad les agudizó el intelecto, aumentando sus poderes perceptivos y
endureciendo sus corazones. Y al mirar a través del espacio con instrumentos e
inteligencias con los que apenas si hemos soñado, ven a sólo treinta y cinco millones de
millas de ellos una estrella matutina de la esperanza: nuestro propio planeta, mucho más
templado, lleno del verdor de la vegetación y del azul del agua, con una atmósfera
nebulosa que indica fertilidad
vida en gran número.
Y nosotros, los hombres que habitamos esta Tierra, debemos ser para ellos tan
extraños y poco importantes como lo son los monos y los lémures para el hombre. El
intelecto del hombre admite ya que la vida es una lucha incesante, y parece que ésta es
también la creencia que impera en Marte. Su mundo se halla en el período del
enfriamiento, y el nuestro está todavía lleno de vida, pero de una vida que ellos
consideran como perteneciente a animales inferiores. Así, pues, su única esperanza de
sobrevivir al destino fatal que les amenaza desde varias generaciones atrás reside en
llevar la guerra hacia su vecino más próximo.
Y antes de juzgarlos con demasiada dureza debemos recordar la destrucción
cruel y total que nuestra especie ha causado no sólo entre los animales, como el
bisonte y el dido, sino también entre las razas inferiores, A pesar de su apariencia
humana, los tasmanios fueron exterminados por completo en una guerra de extinción
llevada a cabo por los inmigrantes europeos durante un lapso que duró escasamente
cincuenta años. ¿Es que somos acaso tan misericordiosos como para quejarnos si
los marcianos guerrearan con las mismas intenciones con respecto a nosotros?
Los marcianos deben haber calculado su llegada con extraordinaria justeza —sus
conocimientos matemáticos exceden en mucho a los nuestros— y llevado a cabo sus
preparativos de una manera perfecta. De haberlo permitido nuestros instrumentos
podríamos haber visto los síntomas del mal ya en el siglo dieciocho. Hombres como
Schiaparelli observaron el planeta rojo —que durante siglos ha sido la estrella de la
guerra—, pero no llegaron a interpretar las fluctuaciones en las marcas que tan bien
asentaron sobre sus mapas. Durante ese tiempo los marcianos deben haber estado
preparándose.
Durante la oposición de mil ochocientos noventa y cuatro se vio una gran luz en la parte
iluminada del disco, primero desde el Observatorio Lick. Luego la notó Perrotin, en Niza, y
después otros astrónomos. Los lectores ingleses se enteraron de la noticia en el
ejemplar de
haber sido el disparo del cañón gigantesco, un vasto túnel excavado en su planeta, y
desde el cual hicieron fuego sobre nosotros. Durante las dos oposiciones siguientes se
avistaron marcas muy raras cerca del lugar en que hubo el primer estallido luminoso.
Hace ya seis años que se descargó la tempestad en nuestro planeta. Al aproximarse
Marte a la oposición, Lavelle, de Java, hizo cundir entre sus colegas del mundo la noticia
de que había una enorme nube de gas incandescente sobre el planeta vecino. Esta nube
se hizo visible a medianoche del día doce, y el espectroscopio, al que apeló de inmediato,
indicaba una masa de gas ardiente, casi todo hidrógeno, que se movía a enorme
velocidad en dirección a la Tierra. Este chorro de fuego se tornó invisible alrededor de las
doce y cuarto. Lavelle lo comparó a una llamarada colosal lanzada desde el planeta con
la violencia súbita con que escapa el gas de pólvora de la boca de un cañón.
Esta frase resultó singularmente apropiada. Sin embargo, al día siguiente no
apareció nada de esto en los diarios, excepción hecha de una breve nota publicada en
el
amenazó a la raza humana. Es posible que yo no me hubiera enterado de lo que
antecede si no hubiese encontrado en Ottershaw con el famoso astrónomo Ogilvy.
Éste se hallaba muy entusiasmado ante la noticia, y debido a la exuberancia de su
reacción, me invitó a que le acompañara aquella noche a observar el planeta rojo.
A pesar de todo lo que sucedió desde entonces, todavía recuerdo con toda claridad
la vigilia de aquella noche: el observatorio oscuro y silencioso, la lámpara cubierta que
arrojaba sus débiles rayos de luz sobre un rincón del piso, la delgada abertura del
techo por la que se divisaba un rectángulo negro tachonado de estrellas.
y con amplias extensiones de tierra capaz de sostener laNature que apareció el dos de agosto. Me inclino a creer que la luz debeDaily Telegraph, y el mundo continuó ignorando uno de los peligros más graves que
Ogilvy andaba de un lado a otro; le oía sin verle. Por el telescopio se veía un círculo
azul oscuro y el pequeño planeta que entraba en el campo visual. Parecía algo muy
pequeño, brillante e inmóvil, marcado con rayas transversales y algo achatado en los
polos. ¡Pero qué pequeño era! Apenas si parecía un puntito de luz. Daba la impresión de
que temblara un poco. Mas esto se debía a que el telescopio vibraba a causa de la
maquinaria de relojería que seguía el movimiento del astro.
Mientras lo observaba, Marte pareció agrandarse y empequeñecerse, avanzar y
retroceder, pero comprendí que la impresión la motivaba el cansancio de mi vista. Se
hallaba a cuarenta millones de millas, al otro lado del espacio. Pocas personas
comprenden la inmensidad del vacío en el cual se mueve el polvo del universo material.
En el mismo campo visual recuerdo que vi tres puntitos de luz, estrellitas infinitamente
remotas, alrededor de las cuales predominaba la negrura insondable del espacio. Ya
sabe el lector qué aspecto tiene esa negrura durante las noches estrelladas. Vista por el
telescopio parece aún más profunda. E invisible para mí, porque era; tan pequeño y
se hallaba tan lejos, volando con velocidad constante a través de aquella distancia
increíble, acercándose minuto a minuto, llegaba el objeto que nos mandaban, ese
objeto que habría de causar tantas luchas, calamidades y muertes en nuestro mundo.
No soñé siquiera en él mientras miraba; nadie en la Tierra podía imaginar la presencia
del certero proyectil.
También aquella noche hubo otro estallido de gas en el distante planeta. Yo lo vi.
Fue un resplandor rojizo en los bordes según se agrandó levemente al dar el cronómetro
las doce. Al verlo se lo dije a Ogilvy y él ocupó mi lugar. Hacía calor y sintiéndome
sediento avancé a tientas por la oscuridad en dirección a la mesita sobre la que se
hallaba el sifón, mientras que Ogilvy lanzaba exclamaciones de entusiasmo al estudiar
el chorro de gas que venía hacia nosotros.
Aquella noche partió otro proyectil invisible en su viaje desde Marte. Iniciaba su
trayectoria veinticuatro horas después del primero. Recuerdo que me quedé sentado a
la mesa, deseoso de tener una luz para poder fumar y ver el humo de mi pipa, y sin
sospechar el significado del resplandor que había descubierto y de todo el cambio que
traería a mi vida. Ogilvy estuvo observando hasta la una, hora en que abandonó el
telescopio. Encendimos entonces el farol y fuimos a la casa. Abajo, en la oscuridad, se
hallaban Ottershaw y Chertsey, donde centenares de personas dormían plácidamente.
Ogilvy hizo numerosos comentarios acerca del planeta Marte y se burló de la idea de
que tuviese habitantes y de que éstos nos estuvieran haciendo señas. Su opinión era
que estaba cayendo sobre el planeta una profusa lluvia de meteoritos o que se había
iniciado en su superficie alguna gigantesca explosión volcánica. Me manifestó lo difícil
que era que la evolución orgánica hubiera seguido el mismo camino en los dos
planetas vecinos.
—La posibilidad de que existan en Marte seres parecidos a los humanos es muy
remota—me dijo. Centenares de observadores vieron la llamarada de aquella noche y
de las diez siguientes. Por qué cesaron los disparos después del décimo nadie ha
intentado explicarlo. Quizá sea que los gases producidos por las explosiones causaron
inconvenientes a los marcianos. Densas nubes de humo o polvo, visibles como pequeños
manchones grises en el telescopio, se diseminaron por la atmósfera del planeta y
oscurecieron sus detalles más familiares.
Al fin se ocuparon los diarios de esas anormalidades, y en uno y otro aparecieron
algunas notas referentes a los volcanes de Marte. Recuerdo que la revista
Punch
aprovechó el tema para presentar una de sus acostumbradas caricaturas políticas. Y sin
que nadie lo sospechara, aquellos proyectiles disparados por los marcianos
aproximábanse hacia la Tierra a muchas millas por segundo, avanzando
constantemente, hora tras hora y día tras día, cada vez más próximos. Paréceme ahora
casi increíblemente maravilloso que con ese peligro pendiente sobre nuestras cabezas
pudiéramos ocuparnos de nuestras mezquinas cosillas como lo hacíamos. Recuerdo el
júbilo de Markham cuando consiguió una nueva fotografía del planeta para el diario
ilustrado que editaba en aquellos días. La gente de ahora no alcanza a darse cuenta de
la abundancia y el empuje de nuestros diarios del siglo diecinueve. Por mi parte, yo
estaba muy entretenido en aprender a andar en bicicleta y ocupado en una serie de
escritos sobre el probable desarrollo de las ideas morales a medida que progresara la
civilización.
Una noche, cuando el primer proyectil debía hallarse apenas a diez millones de millas,
salía a pasear con mi esposa. Brillaban las estrellas en el cielo y le describí los signos del
Zodiaco, indicándole a Marte, que era un puntito de luz brillante en el cénit y hacia el cual
apuntaban entonces tantos telescopios. Era una noche cálida, y cuando regresábamos a
casa se cruzaron con nosotros varios excursionistas de Chertsey e Isleworth, que
cantaban y hacían sonar sus instrumentos musicales. Veíanse luces en las ventanas
de las casas. Desde la estación nos llegó el sonido de los trenes y el rugir de sus
locomotoras convertíase en melodía debido a la magia de la distancia. Mi esposa me
señaló el resplandor de las señales rojas, verdes y amarillas, que se destacaban en el
cielo como sobre un fondo de terciopelo. Parecían reinar por doquier la calma y la
seguridad.

LA GUERRA DE LOS MUNDOS - LIBRO 1 - PARTE 2


2 - LA ESTRELLA FUGAZ
Luego llegó la noche en que cayó la primera estrella. Se la vio por la mañana
temprano volando sobre Winchester en dirección al este. Pasó a gran altura, dejando a
su paso una estela llameante. Centenares de personas deben haberla divisado,
tomándola por una estrella fugaz. Albin comentó que dejaba tras de sí una estela
verdosa que resplandecía durante unos segundos. Denning, que era nuestra autoridad
máxima en la materia, afirmó que, al parecer, se hallaba a una altura de noventa o cien
millas, y agregó que cayó a la Tierra a unas cien millas al este de donde él se hallaba.
Yo me encontraba en casa a esa hora. Estaba escribiendo en mi estudio, y aunque
mis ventanas dan hacia Ottershaw y tenía corridas las cortinas, no vi nada fuera de
lugar. Empero, ese objeto extraño que llegó a nuestra Tierra desde el espacio debe haber
caído mientras me encontraba yo allí sentado, y es seguro que lo habría visto si
hubiera levantado la vista en el momento oportuno. Algunos de los que la vieron pasar
afirman que viajaba produciendo un zumbido especial. Por mi parte, yo no oí nada.
Muchos de los habitantes de Berkshire, Surrey y Middlesex deben haberla observado
caer y en su mayoría la confundieron con un meteorito común.
Nadie parece haberse molestado en ir a verla esa noche.
Pero a la mañana siguiente, muy temprano, el pobre Ogilvy, que había visto la estrella
fugaz y que estaba convencido de que el meteorito se hallaba en campo abierto, entre
Horsell, Ottershaw y Woking, se levantó de la cama con la idea de hallarlo. Y lo
encontró, en efecto, poco después del amanecer y no muy lejos de los arenales. El
impacto del proyectil había hecho un agujero enorme y la arena y la tierra fueron
arrojadas en todas direcciones sobre los brezos, formando montones que eran visibles
desde una milla y media de distancia. Hacia el este habíase incendiado la hierba y el
humo azul elevábase al cielo.
El objeto estaba casi enteramente sepultado en la arena, entre los restos astillados
de un abeto que había destrozado en su caída. La parte descubierta tenía el aspecto
de un enorme cilindro cubierto de barro y sus líneas exteriores estaban suavizadas por
unas incrustaciones como escamas de color parduzco. Su diámetro era de unos treinta
metros.
Ogilvy acercóse al objeto, sorprendiéndose ante su tamaño y más aún de su forma, ya
que la mayoría de los meteoritos son casi completamente esféricos. Pero estaba
todavía tan recalentado por su paso a través de la atmósfera, que era imposible
aproximarse. Un ruido raro que le llegó desde el interior del cilindro lo atribuyó al
enfriamiento desigual de su superficie, pues en aquel entonces no se le había ocurrido
que pudiera ser hueco.
Permaneció de pie al borde del pozo que el objeto cavara para sí, estudiando con
gran atención su extraño aspecto, y muy asombrado debido a su forma y color
desusados. Al mismo tiempo sospechó que había cierta evidencia de que su llegada no
era casual. Reinaba el silencio a esa hora y el sol, que se elevaba ya sobre los pinos
de Weybridge, comenzaba a calentar la Tierra. No recordó haber oído pájaros aquella
mañana y es seguro que no corría el menor soplo de brisa, de modo que los únicos
sonidos que percibió fueron los muy leves que llegaban desde el interior del cilindro.
Se encontraba solo en el campo.
Súbitamente notó con sorpresa que parte de las cenizas solidificadas que cubrían el
meteorito estaban desprendiéndose del extremo circular. Caían en escamas y llovían
sobre la arena. De pronto cayó un pedazo muy grande, produciendo un ruido que le
paralizó el corazón.
Por un momento no comprendió lo que significaba esto, y aunque el calor era
excesivo, bajó al pozo y acercóse todo lo posible al objeto para ver las cosas con más
claridad. Le pareció entonces que el enfriamiento del cuerpo debía explicar aquello;
mas lo que dio el mentís a esa idea fue el hecho de que la ceniza caía sólo de un
extremo del cilindro.
Entonces percibió que el extremo circular del cilindro rotaba con gran lentitud. Era tan
gradual este movimiento, que lo descubrió sólo al fijarse que una marca negra que
había estado cerca de él unos cinco minutos antes se hallaba ahora al otro lado de la
circunferencia. Aun entonces no interpretó lo que esto significaba hasta que oyó un
rechinamiento raro y vio que la marca negra daba otro empujón. Entonces comprendió
la verdad. ¡El cilindro era artificial, estaba hueco y su extremo se abría! Algo que estaba
dentro del objeto hacía girar su tapa.
—¡Dios mío!—exclamó Ogilvy—. Allí dentro hay hombres. Y estarán semiquemados.
Quieren escapar.
Instantáneamente relacionó el cilindro con las explosiones de Marte.
La idea de las criaturas allí confinadas resultóle tan espantosa, que olvidó el calor y
adelantóse para ayudar a los que se esforzaban por desenroscar la tapa. Pero
afortunadamente, las radiaciones calóricas le contuvieron antes que pudiera quemarse
las manos sobre el metal, todavía candente. Aun así, quedóse irresoluto por un
momento; luego giró sobre sus talones, trepó fuera del pozo y partió a toda carrera en
dirección a Woking. Debían ser entonces las seis de la mañana. Encontróse con un
carretero y trató de hacerle comprender lo que sucedía; mas su relato era tan
increíble y su aspecto tan poco recomendable, que el otro siguió viaje sin prestarle
atención. Lo mismo le ocurrió con el tabernero que estaba abriendo las puertas de su
negocio en Horsell Bridge. El individuo creyó que era un loco escapado del manicomio y
trató vanamente de encerrarlo en su taberna. Esto calmó un tanto a Ogilvy, y cuando vio
a Henderson, el periodista londinense, que acababa de salir a su jardín, le llamó
desde la acera y logró hacerse entender.
—Henderson—dijo—, ¿vio usted la estrella fugaz de anoche?
—Sí.
—Pues ahora está en el campo de Horsell.
—¡Cielos!—exclamó el periodista—. Un meteorito, ¿eh? ¡Magnífico!
—Pero es algo más que un meteorito. ¡Es un cilindro artificial!... Y hay algo dentro.
Henderson se irguió con su pala en la mano.
—¿Cómo?—inquirió, pues era sordo de un oído.
Ogilvy le contó entonces todo lo que había visto y Henderson tardó unos minutos en
asimilar el significado de su relato. Soltó luego la pala, tomó su chaqueta y salió al
camino. Los dos hombres corrieron en seguida al campo comunal y encontraron el
cilindro todavía en la misma posición. Pero ahora habían cesado los ruidos interiores y
un delgado círculo de metal brillante se mostraba entre el extremo y el cuerpo del
objeto. Con un ruido sibilante entraba o salía el aire por el borde de la tapa.
Escucharon un rato, golpearon el metal con un palo, y al no obtener respuesta
sacaron en conclusión que el ser o los seres que se hallaban en el interior debían estar
desmayados o muertos.
Naturalmente, no pudieron hacer nada. Gritaron expresiones de consuelo y promesas
y regresaron a la villa en busca de auxilio. Es fácil imaginarlos cubiertos de arena, con
los cabellos desordenados y presas de la excitación corriendo por la calle a la hora en
que los comerciantes abrían sus negocios y la gente asomaba a las ventanas de sus
dormitorios. Henderson fue de inmediato a la estación ferroviaria, a fin de telegrafiar la
noticia a Londres. Los artículos periodísticos habían preparado a los hombres para
recibir la idea sin demasiado escepticismo.
Alrededor de las ocho había partido ya hacia el campo comunal un número de
muchachos y hombres desocupados, que deseaban ver a «los hombres muertos de
Marte». Tal fue la interpretación que se dio al relato. A mí me lo contó el repartidor de
diarios a eso de las nueve menos cuarto, cuando salí para buscar mi
Daily Chronicle.
Por supuesto, me sobresalté, y no perdí tiempo en salir y cruzar el puente de
Ottershaw para dirigirme a los arenales.